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Hace dos días fuimos a cenar a un restaurante al que ocasionalmente vamos cuando queremos comer algo relativamente bien hecho a un precio razonable. Por ser un lugar con una clientela grande y que pasa prácticamente lleno a todas horas, me sorprendió que la recepcionista nos reconociera y dijera que la mesa que más nos gusta estaría pronto disponible.

A mi esposa también le pareció raro y aunque por un momento pensamos que podrían habernos recordado por ser una familia mixta, lo descartamos pues en ese establecimiento están acostumbrados a ver extranjeros y sus familias japonesas. Luego, al regresar a la casa, nos cayó la peseta que la anfitriona se acordaba de nosotros porque por culpa de nuestra hija una vez se le cayó la máquina que registra los pagos por tarjeta de crédito.

Es una regla universal que los niños pequeños tienen una enorme capacidad para hacer comentarios inoportunos en el peor de los momentos. Mi vástago no es la excepción. Hace no mucho tiempo se las ingenió para crear una de esas situaciones que en cualquier sociedad ponen a todo el mundo incómodo, pero aún más en Japón, en donde la discreción es muy importante.

En este país no es raro que las tiendas y los restaurantes tengan baños unisex. El restaurante de este relato es uno de esos lugares. La última vez que habíamos visitado, hace ya varios meses, mi hija necesitó que la acompañara al baño. Luego de hacer sus necesidades pasamos a que se lavara las manos en el lavatorio que está afuera del baño. Mientras estábamos en eso, oímos cerrarse la puerta corrediza del baño. Mi hija me preguntó si sabía quien había entrado. Yo le respondí que eso no era importante. Ella insistió en que quería saber. Yo le dije que no sabía mientras le terminaba de lavarle y secarle las manos.

Cuando empezamos a caminar para regresar a la mesa, tan pronto estuvo al lado de la puerta del baño mi hija la abrió de par en par y a todo galillo anunció: “papá vea, ¡ese señor está orinando! Yo cerré la puerta inmediatamente y me di cuenta que si bien el ocupante le había puesto llave, no tuvo el cuidado de que el llavín enganchara bien. Estaba empezando a decirle que eso no se hacía, pero antes de poder agarrarle la mano mi hija se devolvió, abrió nuevamente la puerta y otra vez a todo galillo hizo una nueva observación: “¡tiene una pipí chiquitilla!” (おちんちんが小っちゃい! –literalmente: su honorable pene es diminuto!). Le tomé la mano firmemente y apresuradamente me devolví al recinto donde estábamos por comer.

Si bien yo soy un comedor lento, ese día mastiqué aún más despacio de lo normal y hasta pedí postre y café para no toparme al pobre tipo. Pero la ley de Murphy nunca falla. Cuando terminamos de comer nos dirigimos a la caja para pagar. Había una corta fila y ¿quién más podría aparecer detrás mío? Me disculpé discretamente del señor y éste sonrientemente me dijo que no había problema. Su esposa le preguntó si mi hija era la niña que lo vio en el baño y nada más le ofreció un cumplido a la enana. Yo creí que me había preocupado por nada, pero estaba totalmente equivocado…

Mientras esperábamos para pagar, mi hija empezó a decirme que el tipo que estaba detrás mío en la fila era el señor del baño. No le presté atención. Pero ella insistió en que era el señor del pene diminuto. Ya molesto y justo cuando le había entregado mi tarjeta de crédito a la cajera le dije a mi hija que esas cosas no se dicen. Ella me miró con cara de desconcierto y me increpó: “usted me ha dicho que uno no debe decir mentiras, yo no estoy mintiendo, yo lo vi, la tiene chiquitilla. Como la de mis compañeros en el kínder”. Ahí ya no supe que decir y preferí enfocarme en pagar, pero a la cajera se le cayó mi tarjeta, luego se los dedos se le hicieron un nudo y terminó por botar la máquina. Mientras se disculpaba por su torpeza era obvio que ella no sabía hacia donde dirigir la mirada. Cuando por fin pude pagar, preferí no volver a la pobre víctima de los comentarios de la niña, pues ya no había excusa que valiera.

Luego de ese incidente guardamos la distancia de ese restaurante por varios meses, pero tal parece que no nos han olvidado.

A veces pareciera a que mi vida está inevitablemente ligada a las ancianas/abuelas japonesas. En Japón, a las señoras mayores y a las madres de los progenitores de uno se les dice, por igual y de manera respetuosa y afectiva, “obaasan” (お婆さん: honorable señora abuela/anciana) u obaachan (お祖母ちゃん: honorable señora abuelita/ancianita). Últimamente siempre me sucede algo en lo que tiene que ver una obaachan.

Hace un par de semanas iba para una reunión muy importante en el centro de Tokio. En la dirección opuesta caminaba una obaachan que empezó a preguntar algo a lo que no le presté atención porque pensé que le hablaba a alguien detrás mío. No pensé que me estuviera hablando a mí pues si los japoneses son reservados por naturaleza, lo son aún más con extranjeros que no conocen. Y los adultos mayores son todavía muchísimo más reservados, por lo general prefieren evitar avergonzar al foráneo que tal vez no domina bien el idioma local y también evitarse a sí mismos la potencial vergüenza de hablarle a un extranjero cuyo japonés sea ininteligible para ellos.

En todo caso cuando nos cruzamos la señora me tomó del brazo y con un suave “sumimasen” (disculpe), me preguntó por la ubicación de una tienda. Como no soy del lugar ni del vecindario en donde nos topamos, me disculpé por no saber y le pregunté si tenía algún otro punto de referencia. Ella sacó un papel que tenía un mapa hecho a mano con algunas instrucciones muy vagas sobre como llegar a la casa de otra persona desde la estación Nishi-Ogikubo (西荻窪). Yo le expliqué que estábamos en Ogikubo (荻窪) y que ella debió haber seguido en el tren hasta la estación siguiente. La obaachan me dio las gracias y empezó a caminar, ¡pero en la dirección contraria a su destino! Me le acerqué y le expliqué que lo mejor era que tomara el tren nuevamente y se bajara en la estación correcta. La señora me preguntó si yo iba camino a la estación, yo le dije que sí pero que era una caminata un poco larga (15 minutos a paso firme) y que le recomendaba tomar el bus. Ella mencionó que tenía casi dos horas de estar caminando, lo cual probablemente era cierto en razón del pésimo mapa que le habían dado y porque se trataba de una de esas señoras súper mayores que andan bien de salud pero que, por su misma edad, caminan a 10 metros por hora.

La obaachan me preguntó cual bus debía tomar. Le dije que cualquiera de los que pasan por la parada que estaba a unos metros de donde hablábamos. Ella insistió en saber cual bus iba a la estación. Como me pareció que la señora estaba bien confundida, decidí acompañarla. Luego de subirnos al bus le expliqué que al llegar a la última parada, la estación iba a estar justo el frente.

Cuando llegamos me bajé rápido del bus pues no quería atrasarme. No obstante, cometí el error de volver la vista hacia atrás… Y vi que la señora estaba viendo para todo lado con cara de atónita. En contra de la lógica (debí haberme preocupado por la reunión), me devolví para ver que pasaba con la abuela. Ella me dijo que no podía subir unas gradas tan empinadas para ir al tren. Yo le contesté que esa era la entrada Oeste, que ella tenía que ir a la del costado Sur para para poder usar el ascensor. Y ni modo, me ofrecí a escoltarla hasta el elevador. Eso fue otro error.

Mientras caminábamos, la obaachan me empezó a decir “señor extranjero (外人様), por favor no vaya a creer usted que que sufro de senilidad, simplemente estoy muy vieja, por lo que me canso fácilmente; he estado confundida también porque tengo mucha sed después de la gran caminata que di”. Y antes de que el cerebro controlara mi lengua, ésta ofreció comprarle un té o un jugo a la señora. Entonces cruzamos la calle y entramos a un pequeño local, en donde terminé comprándole un jugo de naranja y un sandwich. Pensé que con eso terminaba mi inesperada labor, pero la abuela me dijo que lo menos que podía hacer ella era aprovechar su merienda para aprender algo de mí y del lugar de donde vengo. Así que me senté con ella y contesté las preguntas de rigor: ¿de donde viene? ¿cómo es su país? ¿le gusta Japón? ¿le caen bien los japoneses? ¿le gusta la comida japonesa? ¿está casado? ¿desde cuando? ¿tiene hijos? Etc.

Cuando la señora terminó su merienda, nos fuimos a la estación. Me iba a despedir de ella en la entrada, pero me di cuenta de que ya no había manera de llegar a tiempo a mi cita. Así que decidí completar mi inesperada función de lazarillo. Escolté a la obaachan hasta la plataforma desde donde debía abordar el tren que le llevaría a su destino. Le expliqué que debía subirse al tren amarillo y bajarse en la primera parada que hiciera. Ella entre risas –no sé si de enojo– me dijo que ella no era senil, que solamente había estado muy cansada, que me agradecía la ayuda y que el karma universal me recompensaría.

Mientras esperábamos el tren, me aproveché de que andaba súper catrineado y le pedí a una muchacha que estaba a la par de nosotros el favor de asegurarse de que la abuela se bajara en la estación correcta. La muchacha me contestó que ella iba justamente a la misma estación que la señora y muy amablemente ofreció esperar con la abuela hasta que alguien llegara a toparla. Cuando por el altavoz anunciaron que venía el tren, me despedí de la señora, quien súbitamente tuvo una enorme proyección de voz para disculparse por las molestias causadas y para expresar su agradecimiento mientras hacía la venia repetidamente y me llamaba “honorable señor forastero” (お外人様: ogaijinsama). Yo sentí que todo los ojos de Tokio me estaban mirando, por lo que insistí en que no fue nada y que no tenía por que darme las gracias. El tren por fin llegó y mi inesperada aventura llegó a su fin.

Apenas el tren la abuela se fue, llamé a la oficina donde tendría la reunión, pues aunque quedaban 15 minutos para la hora fijada, iba llegar 30 minutos tarde. Cuando me preguntaron el por qué de mi atraso, empecé a explicar lo sucedido, pero me di cuenta que del otro lado de la línea imperaba la incredulidad, así que no ahondé en detalles, pues yo probablemente no le creería a otra persona si me lo contara. Mi interlocutora me comunicó su complacencia por lo que yo había hecho, me agradeció la llamada y de paso me recordó que no había otra fecha ni hora disponible para reunirse conmigo, que lo lamentaba mucho y que me deseaba mucha suerte y felicidad (en tico: ¡váyase pal carajo con esas jetonadas, hijuep…!). Supongo que ese es el karma universal en acción.

Es harto conocido que los japoneses usan la venia para saludarse, disculparse, asentir y en general, mostrar respeto hacia las demás personas.  En este país hay libros sobre todas las reglas que se deben observar, según las circunstancias, para hacer la venia correctamente y de tal manera que se note una cortesía genuina.  En la televisión no es extraño que se discuta el tema, tanto en programas serios, como en los de comedia.

Los japoneses siempre dan por un hecho que los extranjeros (gaikokujin/gaijin, 外国人/外人) nunca lograrán dominar por completo todas las normas de cortesía de este país, una valoración con la que la mayoría de extranjeros que han residido aquí por largo tiempo están de acuerdo pues a los mismos japoneses les cuesta practicarlas a la perfección.  Sin embargo, se espera que los residentes que venimos de otros países aprendamos algunos de los más elementales rudimentos de la cortesía local, empezando por la venia.

En todas las tiendas, restaurantes, oficinas públicas es usual que los empleados saluden a cada visitante que se topan con una leve venia y la expresión “irasshaimase”, que significa más o menos “estamos ante la presencia de alguien importante/honorable”. En esos casos, el visitante no devuelve el gesto y simplemente se dedica a lo suyo. No obstante lo anterior, hace algunos días pude ver, mientras mataba un rato en el Edificio Sony en Ginza, un excesivo y cómico uso de la venia.

Un bien intencionado tipo que pudo haber sido un turista o alguien recién llegado, pero en todo caso alguien que prácticamente estaba recién salido del avión, por querer ser cortés, puso a un sinfín de japoneses a hacer calistenia. Cada vez que se topaba con un empleado y éste le saludaba, el despistado visitante devolvía la venia, con el agravante de que él se inclinaba más que ellos, por lo que obligadamente tenían que hacer una segunda venia con un mayor grado de inclinación para asegurarse de mostrar respeto y humildad hacia el cliente. En un local grande como el de Sony, son muchos los empleados que uno se topa conforme va caminando en cada piso y entre pisos, por lo que el visitante de este cuento avanzaba lentamente hacia lo que fuera que le interesaba ver. Y creo que en algún momento se dio cuenta de que los empleados estaban haciendo una venia más pronunciada, por lo que él también empezó a doblarse aún más y de manera más lenta, lo que me sirvió para comprobar que los japoneses en verdad son astutos en dar clases de gimnasia en las escuelas, pues llegó un momento en que los empleados tenían que doblarse casi como para besar el piso.

Vi que conforme el intrépido visitante avanzaba, estaba causando un rápido intercambio de miradas hasta cierto punto de angustia entre los empleados.  Tuve la intención de acercármele para explicarle que no tenía que hacer la venia ante los empleados, pero antes de alcanzarlo el hombre le dio por devolverle repetidamente la venia a dos empleados que se topó en las gradas.  Como los tres parecían esas muñecas que retoman su posición vertical cada vez que son inclinadas o volcadas, me di cuenta de que iba a estallar de risa si le hablaba, especialmente luego de que la muchacha, tan pronto como recuperó la posición vertical, rápidamente viró y gesticuló cortésmente (pero con cara de angustia) invitándolo a seguir hacia la siguiente exhibición de productos.  Cuando pasé al frente de ella, intercambiamos una leve sonrisa maliciosa y fingí que yo también iba a hacer le venia para verla abrir los ojos y poner cara de sorpresa, solo para volver a la sonrisa maliciosa y seguir mi camino.

A fin de cuentas, no le dije nada al tipo, pero en adelante me divertí observándolo cada vez que coincidimos en alguna sección del edificio.  Como era de esperar, fue inevitable que mientras caminaba por la tienda el hombre rozara el hombro de un cliente nipón, lo que causó que éste se disculpara con una leve venia, sin saber el pobre japonés que desencadenaría una competencia calisténica.