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Archive for the ‘Vejez / adultos mayores’ Category

A veces pareciera a que mi vida está inevitablemente ligada a las ancianas/abuelas japonesas. En Japón, a las señoras mayores y a las madres de los progenitores de uno se les dice, por igual y de manera respetuosa y afectiva, “obaasan” (お婆さん: honorable señora abuela/anciana) u obaachan (お祖母ちゃん: honorable señora abuelita/ancianita). Últimamente siempre me sucede algo en lo que tiene que ver una obaachan.

Hace un par de semanas iba para una reunión muy importante en el centro de Tokio. En la dirección opuesta caminaba una obaachan que empezó a preguntar algo a lo que no le presté atención porque pensé que le hablaba a alguien detrás mío. No pensé que me estuviera hablando a mí pues si los japoneses son reservados por naturaleza, lo son aún más con extranjeros que no conocen. Y los adultos mayores son todavía muchísimo más reservados, por lo general prefieren evitar avergonzar al foráneo que tal vez no domina bien el idioma local y también evitarse a sí mismos la potencial vergüenza de hablarle a un extranjero cuyo japonés sea ininteligible para ellos.

En todo caso cuando nos cruzamos la señora me tomó del brazo y con un suave “sumimasen” (disculpe), me preguntó por la ubicación de una tienda. Como no soy del lugar ni del vecindario en donde nos topamos, me disculpé por no saber y le pregunté si tenía algún otro punto de referencia. Ella sacó un papel que tenía un mapa hecho a mano con algunas instrucciones muy vagas sobre como llegar a la casa de otra persona desde la estación Nishi-Ogikubo (西荻窪). Yo le expliqué que estábamos en Ogikubo (荻窪) y que ella debió haber seguido en el tren hasta la estación siguiente. La obaachan me dio las gracias y empezó a caminar, ¡pero en la dirección contraria a su destino! Me le acerqué y le expliqué que lo mejor era que tomara el tren nuevamente y se bajara en la estación correcta. La señora me preguntó si yo iba camino a la estación, yo le dije que sí pero que era una caminata un poco larga (15 minutos a paso firme) y que le recomendaba tomar el bus. Ella mencionó que tenía casi dos horas de estar caminando, lo cual probablemente era cierto en razón del pésimo mapa que le habían dado y porque se trataba de una de esas señoras súper mayores que andan bien de salud pero que, por su misma edad, caminan a 10 metros por hora.

La obaachan me preguntó cual bus debía tomar. Le dije que cualquiera de los que pasan por la parada que estaba a unos metros de donde hablábamos. Ella insistió en saber cual bus iba a la estación. Como me pareció que la señora estaba bien confundida, decidí acompañarla. Luego de subirnos al bus le expliqué que al llegar a la última parada, la estación iba a estar justo el frente.

Cuando llegamos me bajé rápido del bus pues no quería atrasarme. No obstante, cometí el error de volver la vista hacia atrás… Y vi que la señora estaba viendo para todo lado con cara de atónita. En contra de la lógica (debí haberme preocupado por la reunión), me devolví para ver que pasaba con la abuela. Ella me dijo que no podía subir unas gradas tan empinadas para ir al tren. Yo le contesté que esa era la entrada Oeste, que ella tenía que ir a la del costado Sur para para poder usar el ascensor. Y ni modo, me ofrecí a escoltarla hasta el elevador. Eso fue otro error.

Mientras caminábamos, la obaachan me empezó a decir “señor extranjero (外人様), por favor no vaya a creer usted que que sufro de senilidad, simplemente estoy muy vieja, por lo que me canso fácilmente; he estado confundida también porque tengo mucha sed después de la gran caminata que di”. Y antes de que el cerebro controlara mi lengua, ésta ofreció comprarle un té o un jugo a la señora. Entonces cruzamos la calle y entramos a un pequeño local, en donde terminé comprándole un jugo de naranja y un sandwich. Pensé que con eso terminaba mi inesperada labor, pero la abuela me dijo que lo menos que podía hacer ella era aprovechar su merienda para aprender algo de mí y del lugar de donde vengo. Así que me senté con ella y contesté las preguntas de rigor: ¿de donde viene? ¿cómo es su país? ¿le gusta Japón? ¿le caen bien los japoneses? ¿le gusta la comida japonesa? ¿está casado? ¿desde cuando? ¿tiene hijos? Etc.

Cuando la señora terminó su merienda, nos fuimos a la estación. Me iba a despedir de ella en la entrada, pero me di cuenta de que ya no había manera de llegar a tiempo a mi cita. Así que decidí completar mi inesperada función de lazarillo. Escolté a la obaachan hasta la plataforma desde donde debía abordar el tren que le llevaría a su destino. Le expliqué que debía subirse al tren amarillo y bajarse en la primera parada que hiciera. Ella entre risas –no sé si de enojo– me dijo que ella no era senil, que solamente había estado muy cansada, que me agradecía la ayuda y que el karma universal me recompensaría.

Mientras esperábamos el tren, me aproveché de que andaba súper catrineado y le pedí a una muchacha que estaba a la par de nosotros el favor de asegurarse de que la abuela se bajara en la estación correcta. La muchacha me contestó que ella iba justamente a la misma estación que la señora y muy amablemente ofreció esperar con la abuela hasta que alguien llegara a toparla. Cuando por el altavoz anunciaron que venía el tren, me despedí de la señora, quien súbitamente tuvo una enorme proyección de voz para disculparse por las molestias causadas y para expresar su agradecimiento mientras hacía la venia repetidamente y me llamaba “honorable señor forastero” (お外人様: ogaijinsama). Yo sentí que todo los ojos de Tokio me estaban mirando, por lo que insistí en que no fue nada y que no tenía por que darme las gracias. El tren por fin llegó y mi inesperada aventura llegó a su fin.

Apenas el tren la abuela se fue, llamé a la oficina donde tendría la reunión, pues aunque quedaban 15 minutos para la hora fijada, iba llegar 30 minutos tarde. Cuando me preguntaron el por qué de mi atraso, empecé a explicar lo sucedido, pero me di cuenta que del otro lado de la línea imperaba la incredulidad, así que no ahondé en detalles, pues yo probablemente no le creería a otra persona si me lo contara. Mi interlocutora me comunicó su complacencia por lo que yo había hecho, me agradeció la llamada y de paso me recordó que no había otra fecha ni hora disponible para reunirse conmigo, que lo lamentaba mucho y que me deseaba mucha suerte y felicidad (en tico: ¡váyase pal carajo con esas jetonadas, hijuep…!). Supongo que ese es el karma universal en acción.

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