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Archive for the ‘Pifias’ Category

Hace unos días tuve una reunión con el encargado de una institución pública. Llevábamos varios días tratando de buscar una fecha que fuera mutuamente conveniente, especialmente porque él quería conocer a mi familia.

Cuando llegamos a la estación de su oficina, el señor no había llegado, algo totalmente inusual en un japonés. Pensé que tal vez tuvo un asunto urgente, pero en ese caso me habría llamado para cancelar la reunión, para avisarme de su demora o para informarme que alguien de su oficina nos toparía. No obstante, en ese momento me acordé que el lugar donde quedamos por vernos había sido cambiado por la estación que está cerca de su oficina.  Ese cambio significó que habíamos llegado unos diez minutos antes de la hora inicialmente acordada y que quizás fue mi error no haberle señalado que íbamos a llegar ligeramente antes.

Pasaron los diez minutos de rigor y el señor no apareció.  Igual pensé que podría haber algo urgente, pero después de cinco minutos me preocupé de que tal vez yo no leí bien su correo y que había llegado el día equivocado a la hora equivocada. Debido a la demora, mi esposa me preguntó, con tono serio (entiéndase amenazante), si yo me había equivocado sobre los particulares de la reunión. Decidí que era mejor esquivar olímpicamente la inquisición, por lo que rápidamente le dije que tenía que llamar para averiguar que había pasado.

Justo cuando iba a marcar, me entró una llamada del señor en cuestión, quién me preguntó donde estaba.  Lo primero que supuse fue que yo me había bajado en la estación equivocada, por lo que me disculpé diciendo que yo había entendido que habíamos hecho ese cambio.  Pero fue el quien se tuvo que disculpar, porque el pensó que nos íbamos a reunir al día siguiente por la mañana y fue su secretaria quien le puso en autos de que había un conflicto entre su agenda y la cita que fijó por correo. En todo caso, me dijo que me esperara un poco más y el vendría por nosotros.

Unos días antes de la reunión, el señor me había llamado para preguntarme si yo podía ir a su oficina el jueves o viernes, pues la próxima semana hay varios feriados y habría que posponer la reunión por mucho tiempo.  Yo le respondí que cualquiera de esas fechas estaba bien para mí, pero que tenía que averiguar como estaban los horarios de mi esposa e hija.  El señor me dijo que, de ser posible, él realmente prefería reunirse el jueves en la mañana, para aprovechar el día, almorzar con calma, tocar varios temas que debíamos tratar.

Cuando hablé con la ley y el orden, ella me dijo que el jueves era una mala idea porque ese día por la mañana ella tenía compromisos ya establecidos y mi hija tenía clases de natación en el kínder. Yo le expliqué que el señor tenía una clara preferencia por el viernes y dada su importancia, había que ser deferentes con él. A regañadientes, mi esposa estuvo de acuerdo en que fuéramos el jueves por la tarde, pero me aclaró que no podríamos quedarnos mucho tiempo pues había que viajar 90 minutos en tren y debíamos  llegar a una hora razonable a la casa porque el día siguiente era un día lectivo.

Le escribí al señor en cuestión para decirle que a nosotros realmente nos convenía más viernes, pero que si el realmente prefería pues podíamos llegar el jueves a media tarde. Él me envió un escueto mensaje indicando que nos esperaba el jueves, por lo que yo solamente le respondí que sería un gusto verlo ese día. Cuando por fin apareció, nos subimos inmediatamente a un vehículo de su institución.  En el transcurso del trayecto, me disculpé nuevamente por el mal entendido, luego siguió mi esposa con el ritual de las disculpas, pidiéndole perdón porque indudablemente yo tuve que haber entendido mal lo que él escribió.

Cuando llegamos a su institución, muy amablemente nos ofreció un tour. Fue una manera discreta hacer su trabajo, porque conforme íbamos visitando oficinas él aprovechaba para disparar rápidamente algunas órdenes. Luego, en su despacho, hablamos de lo más urgente que teníamos en agenda. El presidente de la institución no pudo evitar recibir a dos subalternos suyos que tenían situaciones que requerían una decisión ese día, pues así estaba programado.  Él los atendió rápidamente y de feria los sentó a hablar con nosotros.  Tuvimos una muy amena conversación con esas personas, quienes inmediatamente supieron, sin que su jefe se los tuviera que decir, que tenían que “entretener” a los visitantes, sobre todo porque ellos estaban en autos de que su jefe había cometido un error.  Tenían que ayudarle a guardar cara sin que pareciera que lo estaban haciendo. Y lo hicieron muy bien, porque el hombre desapareció por algunos minutos sin que nos diéramos cuenta.

Cuando el hombre regresó, mi esposa aprovechó para disculparse nuevamente por los problemas que le estábamos causando.  Él traía en su mano una hoja impresa con los correos que intercambiamos. En ese momento tuve la más plena certeza de que unos días después en La Extra saldría el titular “Tico es despellejado por la doña en Japón”. Pero me equivoqué.  Él se había equivocado y simplemente traía el papel porque, en una sociedad jerárquica como esta, mi esposa y yo debíamos presumir mi equivocación mientras no hubiese pruebas en sentido contrario.

Al final de cuentas tuvimos una buena y productiva reunión y quedamos de vernos nuevamente, con mejor coordinación. Y quedó claro que realmente existen reglas universales.  Una de ellas es que entre más puestos sube una persona, más debe asegurarse de nunca hacer planes sin hablar con su secretaria.

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Anoche fue una de esas noches en que uno no duerme bien por causas ajenas a uno. Yo estaba trabajando en un documento cuando alrededor de las dos de la madrugada mi hija se levantó para decirme que durmiera a su lado. Tal vez tuvo una pesadilla porque se acurrucó como si fuera una estampilla, sujetando mi mano con la suya y poniendo una pierna sobre mi.

Cada vez que creía que estaba dormida, me corría un poco, pero ella inmediatamente se movía también. Así que terminé todo apretujado entre ella, sus peluches y la pared. Me costó dormirme, pero al fin de cuentas logré conciliar un liviano sueño que pronto sería interrumpido.

Me desperté cuando escuché el timbre de algún apartamento vecino, luego el de otro. Después sonó el del apartamento del lado y por último del nuestro. No me levanté pues no quería despertar a la niña y porque supuse que si se trataba de alguna emergencia la persona del otro lado de la puerta volvería a timbrar y hablaría en voz alta. Por un instante pensé que podía ser la policía, pero rápidamente lo descarté porque en caso de una emergencia habrían llegado con la sirena encendida y primero habrían dado un aviso por altoparlante. Luego pensé que probablemente algún cristiano incuerdo había tomado la mala decisión de hacer propaganda en una hora en la que podría arrinconar a sus víctimas sin que éstas pudiesen quitarse el tiro con cortesía aduciendo que estaban por salir.

Mientras hacía cábalas sobre quien podría estar tocando todos los timbres en plena madrugada, pude escuchar ruidos similares a los de un sistema de radio y una voz que susurraba. Entonces decidí ver como me zafaba del candado en el que me tenía atrapado mi hija sin despertarla. Pero antes de lograr moverme mi esposa se levantó como un rayo y fue a abrir la puerta. Apenas alcancé a oír que hablaba con otra mujer, pero por la voz baja de de ambas, no logré saber sobre que conversaron; únicamente pude escuchar que la tocadora de timbres se disculpó cortésmente por habernos molestado a deshoras y que mi esposa le dijo que no se preocupara (aunque en mis adentros estaba seguro que la doña probablemente la quería descabezar). En ese momento concluí que seguramente si se trató de alguna hermana separada, pues sus congéneres tienen cierta reputación de brincarse, en razón de su procacidad proselitista, las normas de cortesía japonesas.

Mi hija se despertó por el ruido y pidió que la llevara al baño. Cuando la alcé preguntó por la ubicación de su mamá. Cuando llevaba a mi hija al baño vi que mi esposa estaba frente a la ventana que da al estacionamiento y con vista al resto de edificaciones del lugar en que vivimos, en franca pose de ninja asesina. Luego de de que mi hija terminó sus necesidades, fuimos a ver que vigilaba la ninja de la casa y preguntarle que había pasado. La doña, que bufaba en silencio, me dijo que ella había pensado en no levantarse, pero que lo hizo por si acaso era la policía con algún aviso urgente. Cuando abrió la puerta se encontró con una trabajadora del sexo, de lo que aquí llaman “deriheru” (デリヘル), una contracción “deribariiherusu” (デリバリーヘルス, o “salud a domicilio”). La trabajadora tenía que ir al apartamento 201, pero no sabía que en cada uno de los cuatro edificios hay un 201A y un 201B; es decir, ocho apartamentos posibles.

Mi esposa estaba furiosa no solo por la despertada, sino porque a la joven trabajadora no le dio el maní para comunicarse primero con su oficina y verificar cual apartamento era el de su cliente. También le pareció que no era una empresa seria, pues no se cuidaron de que su empleada no fuese una molestia para otras personas. Le pregunté por qué seguía en guardia y con mirada quemante me dijo que quería saber quien era el tonto irresponsable que contrató un servicio sin dar los suficientes detalles para evitarles molestias a los demás. Yo le dije que el cliente no iba a ser tan baboso de echarse solo al agua, pero a los tres minutos el vecino del lado salió apresuradamente, se subió a su carro y desapareció por unos diez minutos.

Cuando el vecino regresó, subió las gradas quejándose de su mala suerte. Lo más probable es que haya tenido que pagar el servicio que no pudo consumir (y consumar).

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Hace dos días fuimos a cenar a un restaurante al que ocasionalmente vamos cuando queremos comer algo relativamente bien hecho a un precio razonable. Por ser un lugar con una clientela grande y que pasa prácticamente lleno a todas horas, me sorprendió que la recepcionista nos reconociera y dijera que la mesa que más nos gusta estaría pronto disponible.

A mi esposa también le pareció raro y aunque por un momento pensamos que podrían habernos recordado por ser una familia mixta, lo descartamos pues en ese establecimiento están acostumbrados a ver extranjeros y sus familias japonesas. Luego, al regresar a la casa, nos cayó la peseta que la anfitriona se acordaba de nosotros porque por culpa de nuestra hija una vez se le cayó la máquina que registra los pagos por tarjeta de crédito.

Es una regla universal que los niños pequeños tienen una enorme capacidad para hacer comentarios inoportunos en el peor de los momentos. Mi vástago no es la excepción. Hace no mucho tiempo se las ingenió para crear una de esas situaciones que en cualquier sociedad ponen a todo el mundo incómodo, pero aún más en Japón, en donde la discreción es muy importante.

En este país no es raro que las tiendas y los restaurantes tengan baños unisex. El restaurante de este relato es uno de esos lugares. La última vez que habíamos visitado, hace ya varios meses, mi hija necesitó que la acompañara al baño. Luego de hacer sus necesidades pasamos a que se lavara las manos en el lavatorio que está afuera del baño. Mientras estábamos en eso, oímos cerrarse la puerta corrediza del baño. Mi hija me preguntó si sabía quien había entrado. Yo le respondí que eso no era importante. Ella insistió en que quería saber. Yo le dije que no sabía mientras le terminaba de lavarle y secarle las manos.

Cuando empezamos a caminar para regresar a la mesa, tan pronto estuvo al lado de la puerta del baño mi hija la abrió de par en par y a todo galillo anunció: “papá vea, ¡ese señor está orinando! Yo cerré la puerta inmediatamente y me di cuenta que si bien el ocupante le había puesto llave, no tuvo el cuidado de que el llavín enganchara bien. Estaba empezando a decirle que eso no se hacía, pero antes de poder agarrarle la mano mi hija se devolvió, abrió nuevamente la puerta y otra vez a todo galillo hizo una nueva observación: “¡tiene una pipí chiquitilla!” (おちんちんが小っちゃい! –literalmente: su honorable pene es diminuto!). Le tomé la mano firmemente y apresuradamente me devolví al recinto donde estábamos por comer.

Si bien yo soy un comedor lento, ese día mastiqué aún más despacio de lo normal y hasta pedí postre y café para no toparme al pobre tipo. Pero la ley de Murphy nunca falla. Cuando terminamos de comer nos dirigimos a la caja para pagar. Había una corta fila y ¿quién más podría aparecer detrás mío? Me disculpé discretamente del señor y éste sonrientemente me dijo que no había problema. Su esposa le preguntó si mi hija era la niña que lo vio en el baño y nada más le ofreció un cumplido a la enana. Yo creí que me había preocupado por nada, pero estaba totalmente equivocado…

Mientras esperábamos para pagar, mi hija empezó a decirme que el tipo que estaba detrás mío en la fila era el señor del baño. No le presté atención. Pero ella insistió en que era el señor del pene diminuto. Ya molesto y justo cuando le había entregado mi tarjeta de crédito a la cajera le dije a mi hija que esas cosas no se dicen. Ella me miró con cara de desconcierto y me increpó: “usted me ha dicho que uno no debe decir mentiras, yo no estoy mintiendo, yo lo vi, la tiene chiquitilla. Como la de mis compañeros en el kínder”. Ahí ya no supe que decir y preferí enfocarme en pagar, pero a la cajera se le cayó mi tarjeta, luego se los dedos se le hicieron un nudo y terminó por botar la máquina. Mientras se disculpaba por su torpeza era obvio que ella no sabía hacia donde dirigir la mirada. Cuando por fin pude pagar, preferí no volver a la pobre víctima de los comentarios de la niña, pues ya no había excusa que valiera.

Luego de ese incidente guardamos la distancia de ese restaurante por varios meses, pero tal parece que no nos han olvidado.

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Es harto conocido que los japoneses usan la venia para saludarse, disculparse, asentir y en general, mostrar respeto hacia las demás personas.  En este país hay libros sobre todas las reglas que se deben observar, según las circunstancias, para hacer la venia correctamente y de tal manera que se note una cortesía genuina.  En la televisión no es extraño que se discuta el tema, tanto en programas serios, como en los de comedia.

Los japoneses siempre dan por un hecho que los extranjeros (gaikokujin/gaijin, 外国人/外人) nunca lograrán dominar por completo todas las normas de cortesía de este país, una valoración con la que la mayoría de extranjeros que han residido aquí por largo tiempo están de acuerdo pues a los mismos japoneses les cuesta practicarlas a la perfección.  Sin embargo, se espera que los residentes que venimos de otros países aprendamos algunos de los más elementales rudimentos de la cortesía local, empezando por la venia.

En todas las tiendas, restaurantes, oficinas públicas es usual que los empleados saluden a cada visitante que se topan con una leve venia y la expresión “irasshaimase”, que significa más o menos “estamos ante la presencia de alguien importante/honorable”. En esos casos, el visitante no devuelve el gesto y simplemente se dedica a lo suyo. No obstante lo anterior, hace algunos días pude ver, mientras mataba un rato en el Edificio Sony en Ginza, un excesivo y cómico uso de la venia.

Un bien intencionado tipo que pudo haber sido un turista o alguien recién llegado, pero en todo caso alguien que prácticamente estaba recién salido del avión, por querer ser cortés, puso a un sinfín de japoneses a hacer calistenia. Cada vez que se topaba con un empleado y éste le saludaba, el despistado visitante devolvía la venia, con el agravante de que él se inclinaba más que ellos, por lo que obligadamente tenían que hacer una segunda venia con un mayor grado de inclinación para asegurarse de mostrar respeto y humildad hacia el cliente. En un local grande como el de Sony, son muchos los empleados que uno se topa conforme va caminando en cada piso y entre pisos, por lo que el visitante de este cuento avanzaba lentamente hacia lo que fuera que le interesaba ver. Y creo que en algún momento se dio cuenta de que los empleados estaban haciendo una venia más pronunciada, por lo que él también empezó a doblarse aún más y de manera más lenta, lo que me sirvió para comprobar que los japoneses en verdad son astutos en dar clases de gimnasia en las escuelas, pues llegó un momento en que los empleados tenían que doblarse casi como para besar el piso.

Vi que conforme el intrépido visitante avanzaba, estaba causando un rápido intercambio de miradas hasta cierto punto de angustia entre los empleados.  Tuve la intención de acercármele para explicarle que no tenía que hacer la venia ante los empleados, pero antes de alcanzarlo el hombre le dio por devolverle repetidamente la venia a dos empleados que se topó en las gradas.  Como los tres parecían esas muñecas que retoman su posición vertical cada vez que son inclinadas o volcadas, me di cuenta de que iba a estallar de risa si le hablaba, especialmente luego de que la muchacha, tan pronto como recuperó la posición vertical, rápidamente viró y gesticuló cortésmente (pero con cara de angustia) invitándolo a seguir hacia la siguiente exhibición de productos.  Cuando pasé al frente de ella, intercambiamos una leve sonrisa maliciosa y fingí que yo también iba a hacer le venia para verla abrir los ojos y poner cara de sorpresa, solo para volver a la sonrisa maliciosa y seguir mi camino.

A fin de cuentas, no le dije nada al tipo, pero en adelante me divertí observándolo cada vez que coincidimos en alguna sección del edificio.  Como era de esperar, fue inevitable que mientras caminaba por la tienda el hombre rozara el hombro de un cliente nipón, lo que causó que éste se disculpara con una leve venia, sin saber el pobre japonés que desencadenaría una competencia calisténica.

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