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Archive for the ‘Normas sociales’ Category

Hace unos días tuve una reunión con el encargado de una institución pública. Llevábamos varios días tratando de buscar una fecha que fuera mutuamente conveniente, especialmente porque él quería conocer a mi familia.

Cuando llegamos a la estación de su oficina, el señor no había llegado, algo totalmente inusual en un japonés. Pensé que tal vez tuvo un asunto urgente, pero en ese caso me habría llamado para cancelar la reunión, para avisarme de su demora o para informarme que alguien de su oficina nos toparía. No obstante, en ese momento me acordé que el lugar donde quedamos por vernos había sido cambiado por la estación que está cerca de su oficina.  Ese cambio significó que habíamos llegado unos diez minutos antes de la hora inicialmente acordada y que quizás fue mi error no haberle señalado que íbamos a llegar ligeramente antes.

Pasaron los diez minutos de rigor y el señor no apareció.  Igual pensé que podría haber algo urgente, pero después de cinco minutos me preocupé de que tal vez yo no leí bien su correo y que había llegado el día equivocado a la hora equivocada. Debido a la demora, mi esposa me preguntó, con tono serio (entiéndase amenazante), si yo me había equivocado sobre los particulares de la reunión. Decidí que era mejor esquivar olímpicamente la inquisición, por lo que rápidamente le dije que tenía que llamar para averiguar que había pasado.

Justo cuando iba a marcar, me entró una llamada del señor en cuestión, quién me preguntó donde estaba.  Lo primero que supuse fue que yo me había bajado en la estación equivocada, por lo que me disculpé diciendo que yo había entendido que habíamos hecho ese cambio.  Pero fue el quien se tuvo que disculpar, porque el pensó que nos íbamos a reunir al día siguiente por la mañana y fue su secretaria quien le puso en autos de que había un conflicto entre su agenda y la cita que fijó por correo. En todo caso, me dijo que me esperara un poco más y el vendría por nosotros.

Unos días antes de la reunión, el señor me había llamado para preguntarme si yo podía ir a su oficina el jueves o viernes, pues la próxima semana hay varios feriados y habría que posponer la reunión por mucho tiempo.  Yo le respondí que cualquiera de esas fechas estaba bien para mí, pero que tenía que averiguar como estaban los horarios de mi esposa e hija.  El señor me dijo que, de ser posible, él realmente prefería reunirse el jueves en la mañana, para aprovechar el día, almorzar con calma, tocar varios temas que debíamos tratar.

Cuando hablé con la ley y el orden, ella me dijo que el jueves era una mala idea porque ese día por la mañana ella tenía compromisos ya establecidos y mi hija tenía clases de natación en el kínder. Yo le expliqué que el señor tenía una clara preferencia por el viernes y dada su importancia, había que ser deferentes con él. A regañadientes, mi esposa estuvo de acuerdo en que fuéramos el jueves por la tarde, pero me aclaró que no podríamos quedarnos mucho tiempo pues había que viajar 90 minutos en tren y debíamos  llegar a una hora razonable a la casa porque el día siguiente era un día lectivo.

Le escribí al señor en cuestión para decirle que a nosotros realmente nos convenía más viernes, pero que si el realmente prefería pues podíamos llegar el jueves a media tarde. Él me envió un escueto mensaje indicando que nos esperaba el jueves, por lo que yo solamente le respondí que sería un gusto verlo ese día. Cuando por fin apareció, nos subimos inmediatamente a un vehículo de su institución.  En el transcurso del trayecto, me disculpé nuevamente por el mal entendido, luego siguió mi esposa con el ritual de las disculpas, pidiéndole perdón porque indudablemente yo tuve que haber entendido mal lo que él escribió.

Cuando llegamos a su institución, muy amablemente nos ofreció un tour. Fue una manera discreta hacer su trabajo, porque conforme íbamos visitando oficinas él aprovechaba para disparar rápidamente algunas órdenes. Luego, en su despacho, hablamos de lo más urgente que teníamos en agenda. El presidente de la institución no pudo evitar recibir a dos subalternos suyos que tenían situaciones que requerían una decisión ese día, pues así estaba programado.  Él los atendió rápidamente y de feria los sentó a hablar con nosotros.  Tuvimos una muy amena conversación con esas personas, quienes inmediatamente supieron, sin que su jefe se los tuviera que decir, que tenían que “entretener” a los visitantes, sobre todo porque ellos estaban en autos de que su jefe había cometido un error.  Tenían que ayudarle a guardar cara sin que pareciera que lo estaban haciendo. Y lo hicieron muy bien, porque el hombre desapareció por algunos minutos sin que nos diéramos cuenta.

Cuando el hombre regresó, mi esposa aprovechó para disculparse nuevamente por los problemas que le estábamos causando.  Él traía en su mano una hoja impresa con los correos que intercambiamos. En ese momento tuve la más plena certeza de que unos días después en La Extra saldría el titular “Tico es despellejado por la doña en Japón”. Pero me equivoqué.  Él se había equivocado y simplemente traía el papel porque, en una sociedad jerárquica como esta, mi esposa y yo debíamos presumir mi equivocación mientras no hubiese pruebas en sentido contrario.

Al final de cuentas tuvimos una buena y productiva reunión y quedamos de vernos nuevamente, con mejor coordinación. Y quedó claro que realmente existen reglas universales.  Una de ellas es que entre más puestos sube una persona, más debe asegurarse de nunca hacer planes sin hablar con su secretaria.

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Anteayer los niños del kínder en el que “estudia” mi hija andaban visitando las casas de los vecindarios cercanos a su centro de estudio. Andaban entregando tarjetas de agradecimiento, que ellos mismos confeccionaron, en las casas que una semana antes les habían dado agua, frutas o dinero en ocasión de un festival local dedicado a las deidades del Hakusan Jinja (白山神社:santuario del Monte Blanco), una de las montañas sagradas más famosas en Japón.

Durante los festivales de origen sintoísta, es usual que la deidad local (神、kami) sea ritualmente ubicada en un altar portátil (御神輿、omikoshi), el cual es transportado por los vecindarios que le rinden culto al santuario y al deidad en cuestión. En el lugar en que vivimos, es común que los niños del kínder hagan su propio santuario con materiales que deben ser reciclados. Y cada infante pone un kami de su escogencia en altar. Conforme van paseando su altar por los vecindarios, la gente sale y les da agua, alguna fruta, o dinero.

Niños portan su omikoshi.

Niños portan su omikoshi.

El día anterior a la procesión del altar de los niños, hubo una “de verdad” en la que transportaban a la deidad local al santuario, cruzando un río con el altar al hombro para obtener el beneficio de ser purificados por el agua. Cuando pasaron iban a pasar por el complejo de apartamentos en donde vivimos, se percataron que alguien había dejado la ropa tendida y detuvieron la procesión para decidir que hacían.

Yo había escuchado que, en las zonas rurales y en vecindarios muy viejos de las ciudades, al no haber edificios muy altos, la gente de la procesión siempre porta escaleras para subirse y quitar cualquier ropa tendida que esté visible en el trayecto de la procesión. Esto es así porque la ropa no debe estar ni a la misma altura ni más alto que la deidad o espíritu que viaja en el altar. Yo creí que era un cuento de esos que se inventan para que la gente acate ciertas normas de conducta. De hecho, el año pasado me había reído cuando mi esposa, luego de ver el calendario en el que había anotado no tender ropa afuera, salió despavorida a meter la ropa que tenía afuera. Yo le dije que eso era un cuento, que no creía que alguien se tomara la molestia de andar en procesión con un par de escaleras al hombro.

Este año supe, que no se trata de una leyenda urbana. Como ya lo mencioné, la procesión que pasó hace unos días por casa se detuvo cuando vieron que un apartamento del segundo piso tenía la ropa tendida. La gente empezó a indagar quien vivía allí. Se supo que eran unos extranjeros –no fui yo– los que habían dejado sus vestimentas y, horror de horrores, su ropa interior colgando.

Omikoshi en Kichijoji (Tokio).  Foto: Sean Wilson, 2005.

Omikoshi en Kichijoji (Tokio). Foto: Sean Wilson, 2005.

Los encargados de las escaleras y de destender ropa –que en la Costa Rica de hoy, obsesionada como está con los eufemismos, indudablemente serían llamados “ejecutivos de administración de escaleras y consultores en bajamiento de ropas– dudaron sobre que hacer. Así que la decisión recayó en el más viejo de los viejos. El hombre sin trepidar les recordó que el anuncio del festival y su ruta había sido anunciado con antelación y que obviamente los residentes de ese apartamento no tuvieron interés en averiguar sobre por qué fue enviado el aviso. Y sin ton ni son dio la orden de que se subieran a descolgar la ropa que causó la parálisis de la procesión. Lastimosamente no estaba en casa para ver la cara de mis vecinos cuando regresaron y no vieron sus prendas colgando, solo para encontrarlas misteriosamente acomodadas en un canasto.

[Nippon Tico | 日本ティコ | Nipóntico ahora sabe a pescado]

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Me enterado que La Nación ha puesto un enlace a breve video japonés sobre como alistar un niño para ir a la escuela en cinco minutos. Eso incluye la levantada, el desayuno, lavada de dientes y cara y empaque de almuerzo. Aunque el video en cuestión es de un programa de comedia, refleja algo que se ve mucho en la televisión japonesa, tanto en programas serios y en los que no lo son, como hacer tareas ordinarias y cotidianas más eficientes.

Lo primero que la gente que vea el video dirá probablemente será que el niño no se bañó. Eso se debe a que los japoneses tienen la costumbre de bañarse en la noche antes de dormir. Las razones de ello varían de las prácticas a las religiosas. En un sentido meramente práctico, uno nunca sabe que le va a deparar el nuevo día, así que debe estar listo para lo que venga. El aspecto religioso se deriva tanto de las creencias shintoístas como del budismo mayahana de Japón. La limpieza es sumamente importante y es mejor bañarse al regresar a la casa para no traer las impurezas de la calle y por aquello de que uno no se despierte nunca más. El baño nocturno es también importante porque, sobre todo cuando los niños están pequeños (antes de la pubertad), es común que la familia se bañe junta si el tamaño de la tina lo permite.

Volviendo al tema, los japoneses siempre buscan maneras más eficientes de hacer las cosas. Y todo empieza en la casa y a edades tempranas. En los años cincuentas, cuando hubo una gran expansión de construcción de viviendas por parte del gobierno, hubo un momento en que se diseñó la cocina de manera distinta a como tradicionalmente estaba organizada. Los diseñadores le presentaron su idea a una cocinera muy famosa de la época, a quien le desagradó mucho el concepto que le expusieron. ¿Qué se hizo? Pues construyeron varios apartamentos con el diseño tradicional que sugería la chef y otros con la propuesta de los ingenieros y diseñadores. Ubicaron a familias y midieron el tiempo y los pasos que debía dar la madre para preparar las comidas, especialmente por la mañana. Descubrieron que efectivamente el nuevo diseño era mejor pues las madres daban menos pasos y gastaban menos tiempo en preparar el desayuno y en alistar los almuerzos de quienes salían. La chef quedó satisfecha y apoyó con gran entusiasmo una campaña para que la gente acogiera la nueva manera de hacer las cosas.

El sentido del orden también se aprende desde temprano. Y a veces es tan sutil que uno no lo nota hasta que alguna situación lo hace percatarse de ello. Durante nuestra última estadía en Costa Rica, un día que andábamos en Multiplaza, mi hija, que entonces tenía cuatro años recién cumplidos, vio el área de juegos infantiles y quiso usarlos. Mientras estábamos allí fueron llegando más niños. Ella siempre hacía fila, mientras que los demás se empujaban y apretujaban para subirse al tobogán, por lo que muchas veces perdía su turno. Ella me buscó varias veces para preguntarme por qué los otros niños eran tan descorteses y no hacían fila como ella. Cómo no tenía una respuesta rápida y fácil, le respondía que no se preocupara que disfrutara y que se subiera cuando pudiese.

Eventualmente apareció un güila más grande que mi hija y que los demás niños pequeños, quien se dedicó a aprovecharse de lo juegos e incluso a estorbarle a los más pequeños, retándolos a hacerlo un lado. Mi hija vino frustrada hacia mi, ya con una lágrima en el ojo, preguntando por qué ese niño grande se portaba tan mal, incluso al frente de su papá y por qué éste no hacía nada. Yo le tuve que decir que algunos padres no pueden enseñar modales porque no los tienen y que no era culpa del niño no saber portarse bien. El papá, que alcanzó a escucharme –esa fue mi intención– vino a hacia a mí para decirme que él formaba parte de los “nuevos ticos”, esos que entienden –según él– que vivimos en la era de la globalización y que hay que enseñarle a los niños en este mundo sobrevive el más fuerte. Yo le respondí que sobrevivirán los más inteligentes y educados, no necesariamente los bravucones y vivazos. El hombre, envalentonado, sacó lo mejor de su repertorio cervantino: «¡hijueputa! no juegue de vivo porque le rompo el hocico aquí mismo, aunque esté con su carajilla». Me aprestaba a decirle que tener el hocico roto no era mi prioridad durante mis vacaciones, pero en eso intervinieron varias señoras, quienes no solo le reclamaron por mal educado en la presencia de niños, sino que le recalcaron yo le había hablado con respeto. El tipo espetó un «viejas metiches» y se marchó.

Luego de darles las gracias por su apoyo, me di cuenta de que las señoras habían empezado a enfatizarles a sus hijos e hijas que debían hacer fila, a veces con éxito, a veces no tanto. En todo caso, el resultado fue que mi hija pudo jugar un rato con tranquilidad y que luego pudimos hablar sobre la importancia de defenderse con la cabeza y con respeto.

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Anoche fue una de esas noches en que uno no duerme bien por causas ajenas a uno. Yo estaba trabajando en un documento cuando alrededor de las dos de la madrugada mi hija se levantó para decirme que durmiera a su lado. Tal vez tuvo una pesadilla porque se acurrucó como si fuera una estampilla, sujetando mi mano con la suya y poniendo una pierna sobre mi.

Cada vez que creía que estaba dormida, me corría un poco, pero ella inmediatamente se movía también. Así que terminé todo apretujado entre ella, sus peluches y la pared. Me costó dormirme, pero al fin de cuentas logré conciliar un liviano sueño que pronto sería interrumpido.

Me desperté cuando escuché el timbre de algún apartamento vecino, luego el de otro. Después sonó el del apartamento del lado y por último del nuestro. No me levanté pues no quería despertar a la niña y porque supuse que si se trataba de alguna emergencia la persona del otro lado de la puerta volvería a timbrar y hablaría en voz alta. Por un instante pensé que podía ser la policía, pero rápidamente lo descarté porque en caso de una emergencia habrían llegado con la sirena encendida y primero habrían dado un aviso por altoparlante. Luego pensé que probablemente algún cristiano incuerdo había tomado la mala decisión de hacer propaganda en una hora en la que podría arrinconar a sus víctimas sin que éstas pudiesen quitarse el tiro con cortesía aduciendo que estaban por salir.

Mientras hacía cábalas sobre quien podría estar tocando todos los timbres en plena madrugada, pude escuchar ruidos similares a los de un sistema de radio y una voz que susurraba. Entonces decidí ver como me zafaba del candado en el que me tenía atrapado mi hija sin despertarla. Pero antes de lograr moverme mi esposa se levantó como un rayo y fue a abrir la puerta. Apenas alcancé a oír que hablaba con otra mujer, pero por la voz baja de de ambas, no logré saber sobre que conversaron; únicamente pude escuchar que la tocadora de timbres se disculpó cortésmente por habernos molestado a deshoras y que mi esposa le dijo que no se preocupara (aunque en mis adentros estaba seguro que la doña probablemente la quería descabezar). En ese momento concluí que seguramente si se trató de alguna hermana separada, pues sus congéneres tienen cierta reputación de brincarse, en razón de su procacidad proselitista, las normas de cortesía japonesas.

Mi hija se despertó por el ruido y pidió que la llevara al baño. Cuando la alcé preguntó por la ubicación de su mamá. Cuando llevaba a mi hija al baño vi que mi esposa estaba frente a la ventana que da al estacionamiento y con vista al resto de edificaciones del lugar en que vivimos, en franca pose de ninja asesina. Luego de de que mi hija terminó sus necesidades, fuimos a ver que vigilaba la ninja de la casa y preguntarle que había pasado. La doña, que bufaba en silencio, me dijo que ella había pensado en no levantarse, pero que lo hizo por si acaso era la policía con algún aviso urgente. Cuando abrió la puerta se encontró con una trabajadora del sexo, de lo que aquí llaman “deriheru” (デリヘル), una contracción “deribariiherusu” (デリバリーヘルス, o “salud a domicilio”). La trabajadora tenía que ir al apartamento 201, pero no sabía que en cada uno de los cuatro edificios hay un 201A y un 201B; es decir, ocho apartamentos posibles.

Mi esposa estaba furiosa no solo por la despertada, sino porque a la joven trabajadora no le dio el maní para comunicarse primero con su oficina y verificar cual apartamento era el de su cliente. También le pareció que no era una empresa seria, pues no se cuidaron de que su empleada no fuese una molestia para otras personas. Le pregunté por qué seguía en guardia y con mirada quemante me dijo que quería saber quien era el tonto irresponsable que contrató un servicio sin dar los suficientes detalles para evitarles molestias a los demás. Yo le dije que el cliente no iba a ser tan baboso de echarse solo al agua, pero a los tres minutos el vecino del lado salió apresuradamente, se subió a su carro y desapareció por unos diez minutos.

Cuando el vecino regresó, subió las gradas quejándose de su mala suerte. Lo más probable es que haya tenido que pagar el servicio que no pudo consumir (y consumar).

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Hace dos días fuimos a cenar a un restaurante al que ocasionalmente vamos cuando queremos comer algo relativamente bien hecho a un precio razonable. Por ser un lugar con una clientela grande y que pasa prácticamente lleno a todas horas, me sorprendió que la recepcionista nos reconociera y dijera que la mesa que más nos gusta estaría pronto disponible.

A mi esposa también le pareció raro y aunque por un momento pensamos que podrían habernos recordado por ser una familia mixta, lo descartamos pues en ese establecimiento están acostumbrados a ver extranjeros y sus familias japonesas. Luego, al regresar a la casa, nos cayó la peseta que la anfitriona se acordaba de nosotros porque por culpa de nuestra hija una vez se le cayó la máquina que registra los pagos por tarjeta de crédito.

Es una regla universal que los niños pequeños tienen una enorme capacidad para hacer comentarios inoportunos en el peor de los momentos. Mi vástago no es la excepción. Hace no mucho tiempo se las ingenió para crear una de esas situaciones que en cualquier sociedad ponen a todo el mundo incómodo, pero aún más en Japón, en donde la discreción es muy importante.

En este país no es raro que las tiendas y los restaurantes tengan baños unisex. El restaurante de este relato es uno de esos lugares. La última vez que habíamos visitado, hace ya varios meses, mi hija necesitó que la acompañara al baño. Luego de hacer sus necesidades pasamos a que se lavara las manos en el lavatorio que está afuera del baño. Mientras estábamos en eso, oímos cerrarse la puerta corrediza del baño. Mi hija me preguntó si sabía quien había entrado. Yo le respondí que eso no era importante. Ella insistió en que quería saber. Yo le dije que no sabía mientras le terminaba de lavarle y secarle las manos.

Cuando empezamos a caminar para regresar a la mesa, tan pronto estuvo al lado de la puerta del baño mi hija la abrió de par en par y a todo galillo anunció: “papá vea, ¡ese señor está orinando! Yo cerré la puerta inmediatamente y me di cuenta que si bien el ocupante le había puesto llave, no tuvo el cuidado de que el llavín enganchara bien. Estaba empezando a decirle que eso no se hacía, pero antes de poder agarrarle la mano mi hija se devolvió, abrió nuevamente la puerta y otra vez a todo galillo hizo una nueva observación: “¡tiene una pipí chiquitilla!” (おちんちんが小っちゃい! –literalmente: su honorable pene es diminuto!). Le tomé la mano firmemente y apresuradamente me devolví al recinto donde estábamos por comer.

Si bien yo soy un comedor lento, ese día mastiqué aún más despacio de lo normal y hasta pedí postre y café para no toparme al pobre tipo. Pero la ley de Murphy nunca falla. Cuando terminamos de comer nos dirigimos a la caja para pagar. Había una corta fila y ¿quién más podría aparecer detrás mío? Me disculpé discretamente del señor y éste sonrientemente me dijo que no había problema. Su esposa le preguntó si mi hija era la niña que lo vio en el baño y nada más le ofreció un cumplido a la enana. Yo creí que me había preocupado por nada, pero estaba totalmente equivocado…

Mientras esperábamos para pagar, mi hija empezó a decirme que el tipo que estaba detrás mío en la fila era el señor del baño. No le presté atención. Pero ella insistió en que era el señor del pene diminuto. Ya molesto y justo cuando le había entregado mi tarjeta de crédito a la cajera le dije a mi hija que esas cosas no se dicen. Ella me miró con cara de desconcierto y me increpó: “usted me ha dicho que uno no debe decir mentiras, yo no estoy mintiendo, yo lo vi, la tiene chiquitilla. Como la de mis compañeros en el kínder”. Ahí ya no supe que decir y preferí enfocarme en pagar, pero a la cajera se le cayó mi tarjeta, luego se los dedos se le hicieron un nudo y terminó por botar la máquina. Mientras se disculpaba por su torpeza era obvio que ella no sabía hacia donde dirigir la mirada. Cuando por fin pude pagar, preferí no volver a la pobre víctima de los comentarios de la niña, pues ya no había excusa que valiera.

Luego de ese incidente guardamos la distancia de ese restaurante por varios meses, pero tal parece que no nos han olvidado.

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Es harto conocido que los japoneses usan la venia para saludarse, disculparse, asentir y en general, mostrar respeto hacia las demás personas.  En este país hay libros sobre todas las reglas que se deben observar, según las circunstancias, para hacer la venia correctamente y de tal manera que se note una cortesía genuina.  En la televisión no es extraño que se discuta el tema, tanto en programas serios, como en los de comedia.

Los japoneses siempre dan por un hecho que los extranjeros (gaikokujin/gaijin, 外国人/外人) nunca lograrán dominar por completo todas las normas de cortesía de este país, una valoración con la que la mayoría de extranjeros que han residido aquí por largo tiempo están de acuerdo pues a los mismos japoneses les cuesta practicarlas a la perfección.  Sin embargo, se espera que los residentes que venimos de otros países aprendamos algunos de los más elementales rudimentos de la cortesía local, empezando por la venia.

En todas las tiendas, restaurantes, oficinas públicas es usual que los empleados saluden a cada visitante que se topan con una leve venia y la expresión “irasshaimase”, que significa más o menos “estamos ante la presencia de alguien importante/honorable”. En esos casos, el visitante no devuelve el gesto y simplemente se dedica a lo suyo. No obstante lo anterior, hace algunos días pude ver, mientras mataba un rato en el Edificio Sony en Ginza, un excesivo y cómico uso de la venia.

Un bien intencionado tipo que pudo haber sido un turista o alguien recién llegado, pero en todo caso alguien que prácticamente estaba recién salido del avión, por querer ser cortés, puso a un sinfín de japoneses a hacer calistenia. Cada vez que se topaba con un empleado y éste le saludaba, el despistado visitante devolvía la venia, con el agravante de que él se inclinaba más que ellos, por lo que obligadamente tenían que hacer una segunda venia con un mayor grado de inclinación para asegurarse de mostrar respeto y humildad hacia el cliente. En un local grande como el de Sony, son muchos los empleados que uno se topa conforme va caminando en cada piso y entre pisos, por lo que el visitante de este cuento avanzaba lentamente hacia lo que fuera que le interesaba ver. Y creo que en algún momento se dio cuenta de que los empleados estaban haciendo una venia más pronunciada, por lo que él también empezó a doblarse aún más y de manera más lenta, lo que me sirvió para comprobar que los japoneses en verdad son astutos en dar clases de gimnasia en las escuelas, pues llegó un momento en que los empleados tenían que doblarse casi como para besar el piso.

Vi que conforme el intrépido visitante avanzaba, estaba causando un rápido intercambio de miradas hasta cierto punto de angustia entre los empleados.  Tuve la intención de acercármele para explicarle que no tenía que hacer la venia ante los empleados, pero antes de alcanzarlo el hombre le dio por devolverle repetidamente la venia a dos empleados que se topó en las gradas.  Como los tres parecían esas muñecas que retoman su posición vertical cada vez que son inclinadas o volcadas, me di cuenta de que iba a estallar de risa si le hablaba, especialmente luego de que la muchacha, tan pronto como recuperó la posición vertical, rápidamente viró y gesticuló cortésmente (pero con cara de angustia) invitándolo a seguir hacia la siguiente exhibición de productos.  Cuando pasé al frente de ella, intercambiamos una leve sonrisa maliciosa y fingí que yo también iba a hacer le venia para verla abrir los ojos y poner cara de sorpresa, solo para volver a la sonrisa maliciosa y seguir mi camino.

A fin de cuentas, no le dije nada al tipo, pero en adelante me divertí observándolo cada vez que coincidimos en alguna sección del edificio.  Como era de esperar, fue inevitable que mientras caminaba por la tienda el hombre rozara el hombro de un cliente nipón, lo que causó que éste se disculpara con una leve venia, sin saber el pobre japonés que desencadenaría una competencia calisténica.

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