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Archive for the ‘Niños’ Category

Anteayer los niños del kínder en el que “estudia” mi hija andaban visitando las casas de los vecindarios cercanos a su centro de estudio. Andaban entregando tarjetas de agradecimiento, que ellos mismos confeccionaron, en las casas que una semana antes les habían dado agua, frutas o dinero en ocasión de un festival local dedicado a las deidades del Hakusan Jinja (白山神社:santuario del Monte Blanco), una de las montañas sagradas más famosas en Japón.

Durante los festivales de origen sintoísta, es usual que la deidad local (神、kami) sea ritualmente ubicada en un altar portátil (御神輿、omikoshi), el cual es transportado por los vecindarios que le rinden culto al santuario y al deidad en cuestión. En el lugar en que vivimos, es común que los niños del kínder hagan su propio santuario con materiales que deben ser reciclados. Y cada infante pone un kami de su escogencia en altar. Conforme van paseando su altar por los vecindarios, la gente sale y les da agua, alguna fruta, o dinero.

Niños portan su omikoshi.

Niños portan su omikoshi.

El día anterior a la procesión del altar de los niños, hubo una “de verdad” en la que transportaban a la deidad local al santuario, cruzando un río con el altar al hombro para obtener el beneficio de ser purificados por el agua. Cuando pasaron iban a pasar por el complejo de apartamentos en donde vivimos, se percataron que alguien había dejado la ropa tendida y detuvieron la procesión para decidir que hacían.

Yo había escuchado que, en las zonas rurales y en vecindarios muy viejos de las ciudades, al no haber edificios muy altos, la gente de la procesión siempre porta escaleras para subirse y quitar cualquier ropa tendida que esté visible en el trayecto de la procesión. Esto es así porque la ropa no debe estar ni a la misma altura ni más alto que la deidad o espíritu que viaja en el altar. Yo creí que era un cuento de esos que se inventan para que la gente acate ciertas normas de conducta. De hecho, el año pasado me había reído cuando mi esposa, luego de ver el calendario en el que había anotado no tender ropa afuera, salió despavorida a meter la ropa que tenía afuera. Yo le dije que eso era un cuento, que no creía que alguien se tomara la molestia de andar en procesión con un par de escaleras al hombro.

Este año supe, que no se trata de una leyenda urbana. Como ya lo mencioné, la procesión que pasó hace unos días por casa se detuvo cuando vieron que un apartamento del segundo piso tenía la ropa tendida. La gente empezó a indagar quien vivía allí. Se supo que eran unos extranjeros –no fui yo– los que habían dejado sus vestimentas y, horror de horrores, su ropa interior colgando.

Omikoshi en Kichijoji (Tokio).  Foto: Sean Wilson, 2005.

Omikoshi en Kichijoji (Tokio). Foto: Sean Wilson, 2005.

Los encargados de las escaleras y de destender ropa –que en la Costa Rica de hoy, obsesionada como está con los eufemismos, indudablemente serían llamados “ejecutivos de administración de escaleras y consultores en bajamiento de ropas– dudaron sobre que hacer. Así que la decisión recayó en el más viejo de los viejos. El hombre sin trepidar les recordó que el anuncio del festival y su ruta había sido anunciado con antelación y que obviamente los residentes de ese apartamento no tuvieron interés en averiguar sobre por qué fue enviado el aviso. Y sin ton ni son dio la orden de que se subieran a descolgar la ropa que causó la parálisis de la procesión. Lastimosamente no estaba en casa para ver la cara de mis vecinos cuando regresaron y no vieron sus prendas colgando, solo para encontrarlas misteriosamente acomodadas en un canasto.

[Nippon Tico | 日本ティコ | Nipóntico ahora sabe a pescado]

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Me enterado que La Nación ha puesto un enlace a breve video japonés sobre como alistar un niño para ir a la escuela en cinco minutos. Eso incluye la levantada, el desayuno, lavada de dientes y cara y empaque de almuerzo. Aunque el video en cuestión es de un programa de comedia, refleja algo que se ve mucho en la televisión japonesa, tanto en programas serios y en los que no lo son, como hacer tareas ordinarias y cotidianas más eficientes.

Lo primero que la gente que vea el video dirá probablemente será que el niño no se bañó. Eso se debe a que los japoneses tienen la costumbre de bañarse en la noche antes de dormir. Las razones de ello varían de las prácticas a las religiosas. En un sentido meramente práctico, uno nunca sabe que le va a deparar el nuevo día, así que debe estar listo para lo que venga. El aspecto religioso se deriva tanto de las creencias shintoístas como del budismo mayahana de Japón. La limpieza es sumamente importante y es mejor bañarse al regresar a la casa para no traer las impurezas de la calle y por aquello de que uno no se despierte nunca más. El baño nocturno es también importante porque, sobre todo cuando los niños están pequeños (antes de la pubertad), es común que la familia se bañe junta si el tamaño de la tina lo permite.

Volviendo al tema, los japoneses siempre buscan maneras más eficientes de hacer las cosas. Y todo empieza en la casa y a edades tempranas. En los años cincuentas, cuando hubo una gran expansión de construcción de viviendas por parte del gobierno, hubo un momento en que se diseñó la cocina de manera distinta a como tradicionalmente estaba organizada. Los diseñadores le presentaron su idea a una cocinera muy famosa de la época, a quien le desagradó mucho el concepto que le expusieron. ¿Qué se hizo? Pues construyeron varios apartamentos con el diseño tradicional que sugería la chef y otros con la propuesta de los ingenieros y diseñadores. Ubicaron a familias y midieron el tiempo y los pasos que debía dar la madre para preparar las comidas, especialmente por la mañana. Descubrieron que efectivamente el nuevo diseño era mejor pues las madres daban menos pasos y gastaban menos tiempo en preparar el desayuno y en alistar los almuerzos de quienes salían. La chef quedó satisfecha y apoyó con gran entusiasmo una campaña para que la gente acogiera la nueva manera de hacer las cosas.

El sentido del orden también se aprende desde temprano. Y a veces es tan sutil que uno no lo nota hasta que alguna situación lo hace percatarse de ello. Durante nuestra última estadía en Costa Rica, un día que andábamos en Multiplaza, mi hija, que entonces tenía cuatro años recién cumplidos, vio el área de juegos infantiles y quiso usarlos. Mientras estábamos allí fueron llegando más niños. Ella siempre hacía fila, mientras que los demás se empujaban y apretujaban para subirse al tobogán, por lo que muchas veces perdía su turno. Ella me buscó varias veces para preguntarme por qué los otros niños eran tan descorteses y no hacían fila como ella. Cómo no tenía una respuesta rápida y fácil, le respondía que no se preocupara que disfrutara y que se subiera cuando pudiese.

Eventualmente apareció un güila más grande que mi hija y que los demás niños pequeños, quien se dedicó a aprovecharse de lo juegos e incluso a estorbarle a los más pequeños, retándolos a hacerlo un lado. Mi hija vino frustrada hacia mi, ya con una lágrima en el ojo, preguntando por qué ese niño grande se portaba tan mal, incluso al frente de su papá y por qué éste no hacía nada. Yo le tuve que decir que algunos padres no pueden enseñar modales porque no los tienen y que no era culpa del niño no saber portarse bien. El papá, que alcanzó a escucharme –esa fue mi intención– vino a hacia a mí para decirme que él formaba parte de los “nuevos ticos”, esos que entienden –según él– que vivimos en la era de la globalización y que hay que enseñarle a los niños en este mundo sobrevive el más fuerte. Yo le respondí que sobrevivirán los más inteligentes y educados, no necesariamente los bravucones y vivazos. El hombre, envalentonado, sacó lo mejor de su repertorio cervantino: «¡hijueputa! no juegue de vivo porque le rompo el hocico aquí mismo, aunque esté con su carajilla». Me aprestaba a decirle que tener el hocico roto no era mi prioridad durante mis vacaciones, pero en eso intervinieron varias señoras, quienes no solo le reclamaron por mal educado en la presencia de niños, sino que le recalcaron yo le había hablado con respeto. El tipo espetó un «viejas metiches» y se marchó.

Luego de darles las gracias por su apoyo, me di cuenta de que las señoras habían empezado a enfatizarles a sus hijos e hijas que debían hacer fila, a veces con éxito, a veces no tanto. En todo caso, el resultado fue que mi hija pudo jugar un rato con tranquilidad y que luego pudimos hablar sobre la importancia de defenderse con la cabeza y con respeto.

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Hace dos días fuimos a cenar a un restaurante al que ocasionalmente vamos cuando queremos comer algo relativamente bien hecho a un precio razonable. Por ser un lugar con una clientela grande y que pasa prácticamente lleno a todas horas, me sorprendió que la recepcionista nos reconociera y dijera que la mesa que más nos gusta estaría pronto disponible.

A mi esposa también le pareció raro y aunque por un momento pensamos que podrían habernos recordado por ser una familia mixta, lo descartamos pues en ese establecimiento están acostumbrados a ver extranjeros y sus familias japonesas. Luego, al regresar a la casa, nos cayó la peseta que la anfitriona se acordaba de nosotros porque por culpa de nuestra hija una vez se le cayó la máquina que registra los pagos por tarjeta de crédito.

Es una regla universal que los niños pequeños tienen una enorme capacidad para hacer comentarios inoportunos en el peor de los momentos. Mi vástago no es la excepción. Hace no mucho tiempo se las ingenió para crear una de esas situaciones que en cualquier sociedad ponen a todo el mundo incómodo, pero aún más en Japón, en donde la discreción es muy importante.

En este país no es raro que las tiendas y los restaurantes tengan baños unisex. El restaurante de este relato es uno de esos lugares. La última vez que habíamos visitado, hace ya varios meses, mi hija necesitó que la acompañara al baño. Luego de hacer sus necesidades pasamos a que se lavara las manos en el lavatorio que está afuera del baño. Mientras estábamos en eso, oímos cerrarse la puerta corrediza del baño. Mi hija me preguntó si sabía quien había entrado. Yo le respondí que eso no era importante. Ella insistió en que quería saber. Yo le dije que no sabía mientras le terminaba de lavarle y secarle las manos.

Cuando empezamos a caminar para regresar a la mesa, tan pronto estuvo al lado de la puerta del baño mi hija la abrió de par en par y a todo galillo anunció: “papá vea, ¡ese señor está orinando! Yo cerré la puerta inmediatamente y me di cuenta que si bien el ocupante le había puesto llave, no tuvo el cuidado de que el llavín enganchara bien. Estaba empezando a decirle que eso no se hacía, pero antes de poder agarrarle la mano mi hija se devolvió, abrió nuevamente la puerta y otra vez a todo galillo hizo una nueva observación: “¡tiene una pipí chiquitilla!” (おちんちんが小っちゃい! –literalmente: su honorable pene es diminuto!). Le tomé la mano firmemente y apresuradamente me devolví al recinto donde estábamos por comer.

Si bien yo soy un comedor lento, ese día mastiqué aún más despacio de lo normal y hasta pedí postre y café para no toparme al pobre tipo. Pero la ley de Murphy nunca falla. Cuando terminamos de comer nos dirigimos a la caja para pagar. Había una corta fila y ¿quién más podría aparecer detrás mío? Me disculpé discretamente del señor y éste sonrientemente me dijo que no había problema. Su esposa le preguntó si mi hija era la niña que lo vio en el baño y nada más le ofreció un cumplido a la enana. Yo creí que me había preocupado por nada, pero estaba totalmente equivocado…

Mientras esperábamos para pagar, mi hija empezó a decirme que el tipo que estaba detrás mío en la fila era el señor del baño. No le presté atención. Pero ella insistió en que era el señor del pene diminuto. Ya molesto y justo cuando le había entregado mi tarjeta de crédito a la cajera le dije a mi hija que esas cosas no se dicen. Ella me miró con cara de desconcierto y me increpó: “usted me ha dicho que uno no debe decir mentiras, yo no estoy mintiendo, yo lo vi, la tiene chiquitilla. Como la de mis compañeros en el kínder”. Ahí ya no supe que decir y preferí enfocarme en pagar, pero a la cajera se le cayó mi tarjeta, luego se los dedos se le hicieron un nudo y terminó por botar la máquina. Mientras se disculpaba por su torpeza era obvio que ella no sabía hacia donde dirigir la mirada. Cuando por fin pude pagar, preferí no volver a la pobre víctima de los comentarios de la niña, pues ya no había excusa que valiera.

Luego de ese incidente guardamos la distancia de ese restaurante por varios meses, pero tal parece que no nos han olvidado.

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