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Archive for 8 agosto 2009

Hace unos días tuve una reunión con el encargado de una institución pública. Llevábamos varios días tratando de buscar una fecha que fuera mutuamente conveniente, especialmente porque él quería conocer a mi familia.

Cuando llegamos a la estación de su oficina, el señor no había llegado, algo totalmente inusual en un japonés. Pensé que tal vez tuvo un asunto urgente, pero en ese caso me habría llamado para cancelar la reunión, para avisarme de su demora o para informarme que alguien de su oficina nos toparía. No obstante, en ese momento me acordé que el lugar donde quedamos por vernos había sido cambiado por la estación que está cerca de su oficina.  Ese cambio significó que habíamos llegado unos diez minutos antes de la hora inicialmente acordada y que quizás fue mi error no haberle señalado que íbamos a llegar ligeramente antes.

Pasaron los diez minutos de rigor y el señor no apareció.  Igual pensé que podría haber algo urgente, pero después de cinco minutos me preocupé de que tal vez yo no leí bien su correo y que había llegado el día equivocado a la hora equivocada. Debido a la demora, mi esposa me preguntó, con tono serio (entiéndase amenazante), si yo me había equivocado sobre los particulares de la reunión. Decidí que era mejor esquivar olímpicamente la inquisición, por lo que rápidamente le dije que tenía que llamar para averiguar que había pasado.

Justo cuando iba a marcar, me entró una llamada del señor en cuestión, quién me preguntó donde estaba.  Lo primero que supuse fue que yo me había bajado en la estación equivocada, por lo que me disculpé diciendo que yo había entendido que habíamos hecho ese cambio.  Pero fue el quien se tuvo que disculpar, porque el pensó que nos íbamos a reunir al día siguiente por la mañana y fue su secretaria quien le puso en autos de que había un conflicto entre su agenda y la cita que fijó por correo. En todo caso, me dijo que me esperara un poco más y el vendría por nosotros.

Unos días antes de la reunión, el señor me había llamado para preguntarme si yo podía ir a su oficina el jueves o viernes, pues la próxima semana hay varios feriados y habría que posponer la reunión por mucho tiempo.  Yo le respondí que cualquiera de esas fechas estaba bien para mí, pero que tenía que averiguar como estaban los horarios de mi esposa e hija.  El señor me dijo que, de ser posible, él realmente prefería reunirse el jueves en la mañana, para aprovechar el día, almorzar con calma, tocar varios temas que debíamos tratar.

Cuando hablé con la ley y el orden, ella me dijo que el jueves era una mala idea porque ese día por la mañana ella tenía compromisos ya establecidos y mi hija tenía clases de natación en el kínder. Yo le expliqué que el señor tenía una clara preferencia por el viernes y dada su importancia, había que ser deferentes con él. A regañadientes, mi esposa estuvo de acuerdo en que fuéramos el jueves por la tarde, pero me aclaró que no podríamos quedarnos mucho tiempo pues había que viajar 90 minutos en tren y debíamos  llegar a una hora razonable a la casa porque el día siguiente era un día lectivo.

Le escribí al señor en cuestión para decirle que a nosotros realmente nos convenía más viernes, pero que si el realmente prefería pues podíamos llegar el jueves a media tarde. Él me envió un escueto mensaje indicando que nos esperaba el jueves, por lo que yo solamente le respondí que sería un gusto verlo ese día. Cuando por fin apareció, nos subimos inmediatamente a un vehículo de su institución.  En el transcurso del trayecto, me disculpé nuevamente por el mal entendido, luego siguió mi esposa con el ritual de las disculpas, pidiéndole perdón porque indudablemente yo tuve que haber entendido mal lo que él escribió.

Cuando llegamos a su institución, muy amablemente nos ofreció un tour. Fue una manera discreta hacer su trabajo, porque conforme íbamos visitando oficinas él aprovechaba para disparar rápidamente algunas órdenes. Luego, en su despacho, hablamos de lo más urgente que teníamos en agenda. El presidente de la institución no pudo evitar recibir a dos subalternos suyos que tenían situaciones que requerían una decisión ese día, pues así estaba programado.  Él los atendió rápidamente y de feria los sentó a hablar con nosotros.  Tuvimos una muy amena conversación con esas personas, quienes inmediatamente supieron, sin que su jefe se los tuviera que decir, que tenían que “entretener” a los visitantes, sobre todo porque ellos estaban en autos de que su jefe había cometido un error.  Tenían que ayudarle a guardar cara sin que pareciera que lo estaban haciendo. Y lo hicieron muy bien, porque el hombre desapareció por algunos minutos sin que nos diéramos cuenta.

Cuando el hombre regresó, mi esposa aprovechó para disculparse nuevamente por los problemas que le estábamos causando.  Él traía en su mano una hoja impresa con los correos que intercambiamos. En ese momento tuve la más plena certeza de que unos días después en La Extra saldría el titular “Tico es despellejado por la doña en Japón”. Pero me equivoqué.  Él se había equivocado y simplemente traía el papel porque, en una sociedad jerárquica como esta, mi esposa y yo debíamos presumir mi equivocación mientras no hubiese pruebas en sentido contrario.

Al final de cuentas tuvimos una buena y productiva reunión y quedamos de vernos nuevamente, con mejor coordinación. Y quedó claro que realmente existen reglas universales.  Una de ellas es que entre más puestos sube una persona, más debe asegurarse de nunca hacer planes sin hablar con su secretaria.

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Anteayer los niños del kínder en el que “estudia” mi hija andaban visitando las casas de los vecindarios cercanos a su centro de estudio. Andaban entregando tarjetas de agradecimiento, que ellos mismos confeccionaron, en las casas que una semana antes les habían dado agua, frutas o dinero en ocasión de un festival local dedicado a las deidades del Hakusan Jinja (白山神社:santuario del Monte Blanco), una de las montañas sagradas más famosas en Japón.

Durante los festivales de origen sintoísta, es usual que la deidad local (神、kami) sea ritualmente ubicada en un altar portátil (御神輿、omikoshi), el cual es transportado por los vecindarios que le rinden culto al santuario y al deidad en cuestión. En el lugar en que vivimos, es común que los niños del kínder hagan su propio santuario con materiales que deben ser reciclados. Y cada infante pone un kami de su escogencia en altar. Conforme van paseando su altar por los vecindarios, la gente sale y les da agua, alguna fruta, o dinero.

Niños portan su omikoshi.

Niños portan su omikoshi.

El día anterior a la procesión del altar de los niños, hubo una “de verdad” en la que transportaban a la deidad local al santuario, cruzando un río con el altar al hombro para obtener el beneficio de ser purificados por el agua. Cuando pasaron iban a pasar por el complejo de apartamentos en donde vivimos, se percataron que alguien había dejado la ropa tendida y detuvieron la procesión para decidir que hacían.

Yo había escuchado que, en las zonas rurales y en vecindarios muy viejos de las ciudades, al no haber edificios muy altos, la gente de la procesión siempre porta escaleras para subirse y quitar cualquier ropa tendida que esté visible en el trayecto de la procesión. Esto es así porque la ropa no debe estar ni a la misma altura ni más alto que la deidad o espíritu que viaja en el altar. Yo creí que era un cuento de esos que se inventan para que la gente acate ciertas normas de conducta. De hecho, el año pasado me había reído cuando mi esposa, luego de ver el calendario en el que había anotado no tender ropa afuera, salió despavorida a meter la ropa que tenía afuera. Yo le dije que eso era un cuento, que no creía que alguien se tomara la molestia de andar en procesión con un par de escaleras al hombro.

Este año supe, que no se trata de una leyenda urbana. Como ya lo mencioné, la procesión que pasó hace unos días por casa se detuvo cuando vieron que un apartamento del segundo piso tenía la ropa tendida. La gente empezó a indagar quien vivía allí. Se supo que eran unos extranjeros –no fui yo– los que habían dejado sus vestimentas y, horror de horrores, su ropa interior colgando.

Omikoshi en Kichijoji (Tokio).  Foto: Sean Wilson, 2005.

Omikoshi en Kichijoji (Tokio). Foto: Sean Wilson, 2005.

Los encargados de las escaleras y de destender ropa –que en la Costa Rica de hoy, obsesionada como está con los eufemismos, indudablemente serían llamados “ejecutivos de administración de escaleras y consultores en bajamiento de ropas– dudaron sobre que hacer. Así que la decisión recayó en el más viejo de los viejos. El hombre sin trepidar les recordó que el anuncio del festival y su ruta había sido anunciado con antelación y que obviamente los residentes de ese apartamento no tuvieron interés en averiguar sobre por qué fue enviado el aviso. Y sin ton ni son dio la orden de que se subieran a descolgar la ropa que causó la parálisis de la procesión. Lastimosamente no estaba en casa para ver la cara de mis vecinos cuando regresaron y no vieron sus prendas colgando, solo para encontrarlas misteriosamente acomodadas en un canasto.

[Nippon Tico | 日本ティコ | Nipóntico ahora sabe a pescado]

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