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Archive for 27 julio 2009

Me enterado que La Nación ha puesto un enlace a breve video japonés sobre como alistar un niño para ir a la escuela en cinco minutos. Eso incluye la levantada, el desayuno, lavada de dientes y cara y empaque de almuerzo. Aunque el video en cuestión es de un programa de comedia, refleja algo que se ve mucho en la televisión japonesa, tanto en programas serios y en los que no lo son, como hacer tareas ordinarias y cotidianas más eficientes.

Lo primero que la gente que vea el video dirá probablemente será que el niño no se bañó. Eso se debe a que los japoneses tienen la costumbre de bañarse en la noche antes de dormir. Las razones de ello varían de las prácticas a las religiosas. En un sentido meramente práctico, uno nunca sabe que le va a deparar el nuevo día, así que debe estar listo para lo que venga. El aspecto religioso se deriva tanto de las creencias shintoístas como del budismo mayahana de Japón. La limpieza es sumamente importante y es mejor bañarse al regresar a la casa para no traer las impurezas de la calle y por aquello de que uno no se despierte nunca más. El baño nocturno es también importante porque, sobre todo cuando los niños están pequeños (antes de la pubertad), es común que la familia se bañe junta si el tamaño de la tina lo permite.

Volviendo al tema, los japoneses siempre buscan maneras más eficientes de hacer las cosas. Y todo empieza en la casa y a edades tempranas. En los años cincuentas, cuando hubo una gran expansión de construcción de viviendas por parte del gobierno, hubo un momento en que se diseñó la cocina de manera distinta a como tradicionalmente estaba organizada. Los diseñadores le presentaron su idea a una cocinera muy famosa de la época, a quien le desagradó mucho el concepto que le expusieron. ¿Qué se hizo? Pues construyeron varios apartamentos con el diseño tradicional que sugería la chef y otros con la propuesta de los ingenieros y diseñadores. Ubicaron a familias y midieron el tiempo y los pasos que debía dar la madre para preparar las comidas, especialmente por la mañana. Descubrieron que efectivamente el nuevo diseño era mejor pues las madres daban menos pasos y gastaban menos tiempo en preparar el desayuno y en alistar los almuerzos de quienes salían. La chef quedó satisfecha y apoyó con gran entusiasmo una campaña para que la gente acogiera la nueva manera de hacer las cosas.

El sentido del orden también se aprende desde temprano. Y a veces es tan sutil que uno no lo nota hasta que alguna situación lo hace percatarse de ello. Durante nuestra última estadía en Costa Rica, un día que andábamos en Multiplaza, mi hija, que entonces tenía cuatro años recién cumplidos, vio el área de juegos infantiles y quiso usarlos. Mientras estábamos allí fueron llegando más niños. Ella siempre hacía fila, mientras que los demás se empujaban y apretujaban para subirse al tobogán, por lo que muchas veces perdía su turno. Ella me buscó varias veces para preguntarme por qué los otros niños eran tan descorteses y no hacían fila como ella. Cómo no tenía una respuesta rápida y fácil, le respondía que no se preocupara que disfrutara y que se subiera cuando pudiese.

Eventualmente apareció un güila más grande que mi hija y que los demás niños pequeños, quien se dedicó a aprovecharse de lo juegos e incluso a estorbarle a los más pequeños, retándolos a hacerlo un lado. Mi hija vino frustrada hacia mi, ya con una lágrima en el ojo, preguntando por qué ese niño grande se portaba tan mal, incluso al frente de su papá y por qué éste no hacía nada. Yo le tuve que decir que algunos padres no pueden enseñar modales porque no los tienen y que no era culpa del niño no saber portarse bien. El papá, que alcanzó a escucharme –esa fue mi intención– vino a hacia a mí para decirme que él formaba parte de los “nuevos ticos”, esos que entienden –según él– que vivimos en la era de la globalización y que hay que enseñarle a los niños en este mundo sobrevive el más fuerte. Yo le respondí que sobrevivirán los más inteligentes y educados, no necesariamente los bravucones y vivazos. El hombre, envalentonado, sacó lo mejor de su repertorio cervantino: «¡hijueputa! no juegue de vivo porque le rompo el hocico aquí mismo, aunque esté con su carajilla». Me aprestaba a decirle que tener el hocico roto no era mi prioridad durante mis vacaciones, pero en eso intervinieron varias señoras, quienes no solo le reclamaron por mal educado en la presencia de niños, sino que le recalcaron yo le había hablado con respeto. El tipo espetó un «viejas metiches» y se marchó.

Luego de darles las gracias por su apoyo, me di cuenta de que las señoras habían empezado a enfatizarles a sus hijos e hijas que debían hacer fila, a veces con éxito, a veces no tanto. En todo caso, el resultado fue que mi hija pudo jugar un rato con tranquilidad y que luego pudimos hablar sobre la importancia de defenderse con la cabeza y con respeto.

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Anoche fue una de esas noches en que uno no duerme bien por causas ajenas a uno. Yo estaba trabajando en un documento cuando alrededor de las dos de la madrugada mi hija se levantó para decirme que durmiera a su lado. Tal vez tuvo una pesadilla porque se acurrucó como si fuera una estampilla, sujetando mi mano con la suya y poniendo una pierna sobre mi.

Cada vez que creía que estaba dormida, me corría un poco, pero ella inmediatamente se movía también. Así que terminé todo apretujado entre ella, sus peluches y la pared. Me costó dormirme, pero al fin de cuentas logré conciliar un liviano sueño que pronto sería interrumpido.

Me desperté cuando escuché el timbre de algún apartamento vecino, luego el de otro. Después sonó el del apartamento del lado y por último del nuestro. No me levanté pues no quería despertar a la niña y porque supuse que si se trataba de alguna emergencia la persona del otro lado de la puerta volvería a timbrar y hablaría en voz alta. Por un instante pensé que podía ser la policía, pero rápidamente lo descarté porque en caso de una emergencia habrían llegado con la sirena encendida y primero habrían dado un aviso por altoparlante. Luego pensé que probablemente algún cristiano incuerdo había tomado la mala decisión de hacer propaganda en una hora en la que podría arrinconar a sus víctimas sin que éstas pudiesen quitarse el tiro con cortesía aduciendo que estaban por salir.

Mientras hacía cábalas sobre quien podría estar tocando todos los timbres en plena madrugada, pude escuchar ruidos similares a los de un sistema de radio y una voz que susurraba. Entonces decidí ver como me zafaba del candado en el que me tenía atrapado mi hija sin despertarla. Pero antes de lograr moverme mi esposa se levantó como un rayo y fue a abrir la puerta. Apenas alcancé a oír que hablaba con otra mujer, pero por la voz baja de de ambas, no logré saber sobre que conversaron; únicamente pude escuchar que la tocadora de timbres se disculpó cortésmente por habernos molestado a deshoras y que mi esposa le dijo que no se preocupara (aunque en mis adentros estaba seguro que la doña probablemente la quería descabezar). En ese momento concluí que seguramente si se trató de alguna hermana separada, pues sus congéneres tienen cierta reputación de brincarse, en razón de su procacidad proselitista, las normas de cortesía japonesas.

Mi hija se despertó por el ruido y pidió que la llevara al baño. Cuando la alcé preguntó por la ubicación de su mamá. Cuando llevaba a mi hija al baño vi que mi esposa estaba frente a la ventana que da al estacionamiento y con vista al resto de edificaciones del lugar en que vivimos, en franca pose de ninja asesina. Luego de de que mi hija terminó sus necesidades, fuimos a ver que vigilaba la ninja de la casa y preguntarle que había pasado. La doña, que bufaba en silencio, me dijo que ella había pensado en no levantarse, pero que lo hizo por si acaso era la policía con algún aviso urgente. Cuando abrió la puerta se encontró con una trabajadora del sexo, de lo que aquí llaman “deriheru” (デリヘル), una contracción “deribariiherusu” (デリバリーヘルス, o “salud a domicilio”). La trabajadora tenía que ir al apartamento 201, pero no sabía que en cada uno de los cuatro edificios hay un 201A y un 201B; es decir, ocho apartamentos posibles.

Mi esposa estaba furiosa no solo por la despertada, sino porque a la joven trabajadora no le dio el maní para comunicarse primero con su oficina y verificar cual apartamento era el de su cliente. También le pareció que no era una empresa seria, pues no se cuidaron de que su empleada no fuese una molestia para otras personas. Le pregunté por qué seguía en guardia y con mirada quemante me dijo que quería saber quien era el tonto irresponsable que contrató un servicio sin dar los suficientes detalles para evitarles molestias a los demás. Yo le dije que el cliente no iba a ser tan baboso de echarse solo al agua, pero a los tres minutos el vecino del lado salió apresuradamente, se subió a su carro y desapareció por unos diez minutos.

Cuando el vecino regresó, subió las gradas quejándose de su mala suerte. Lo más probable es que haya tenido que pagar el servicio que no pudo consumir (y consumar).

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La historia de mi amiga a la que me referí en el artículo anterior me hizo recordar que el año pasado, por una fortísima tormenta eléctrica –hasta un rayo cayó en la estación donde estaba– los trenes habían sido suspendidos por un par de horas. Cuando por fin anunciaron que el servicio se reanudaba, por el altavoz dijeron algo pertinente para los que íbamos hacia las estaciones finales de esa línea, pero no logré entender en parte por el cansancio, en parte por las deficiencias de mi japonés y otro tanto que no sabría si atribuirlo a que el hablante no sabía usar bien el micrófono o que el parlante sonaba como una chicharra vieja.

Recuerdo que me subí al tren y puse la alarma de mi teléfono para que vibrara cuando faltaran unos diez minutos para llegar a la última estación de la línea, pues tenía que tomar otro tren desde allí. Me dormí felizmente, pero a los pocos minutos otro pasajero me despertó para avisarme que ya habíamos llegado. Medio aturdido le dije que yo iba hasta hasta la última estación, pero el señor me aclaró que esa era la última parada de ese tren, pues no podía continuar debido a posibles árboles caídos en el trayecto. Me dijo que habían avisado por los parlantes que afuera nos esperarían autobuses que nos llevarían a las estaciones que faltaban en el trayecto. De camino al estacionamiento el señor me preguntó cual era mi destino y luego de escuchar mi respuesta me indicó que, al igual que él, debía tomar el bus número cinco, el cual iba para las últimas tres estaciones de la línea.

Después de lo que pareció una eternidad, al filo de la media noche el bus llegó a la estación en la que horas antes debí haber tomado otro tren. Los tres pasajeros que quedábamos nos bajamos y allí nos esperaban dos funcionarios de la compañía del tren. Yo les pregunté que me recomendaban hacer pues ya no había más trenes hacia mi destino. Ellos me indicaron que sabían cual era mi destino y que me iban a llamar un taxi. A pesar de mi experiencia en Japón, como tico no dejó de pasarme por la mente que yo no iba a pagar la fortuna que pudiese costar el viaje en taxi, así que haciendo el tonto mencioné que era muy tarde y pregunté por algún hotel que no fuera muy caro. El funcionario de la estación me dijo que no me preocupara, que a esa hora el viaje en taxi no sería muy largo.

Tres minutos más tarde, cuando llegó el taxi, el jefe de la estación habló con el taxista. Aunque no estaba lo suficientemente cerca para escuchar, vi que regañó al taxista por algo. El taxi se dio vuelta y se fue. El señor de la estación vino apresurado a pedir perdón por el contratiempo adicional, informándome que había sido necesario que el taxi regresara a su base pues había un pequeño problema sobre el que no elaboró.

El taxi apareció nuevamente, así que el jefe de la estación y su asistente se disculparon profusamente por hacerme esperar y porque su empresa no había hecho un buen manejo de las contingencias. Cuando me subí al taxi, el chofer me saludó cortésmente y se aseguró de confirmar cual era mi destino. Me preocupé un poco cuando vi que encendió la maría, pero no dije nada, estaba muy cansado por discutir en japonés.

El taxista era un señor mayor quien resultó ser bien simpático y hablantín. Cuando me preguntó de donde era, le contesté que de Costa Rica, un país pequeño en Centroamérica. Él inmediatamente tomó el hilo y dijo que el sabía algunas cosas de nuestro país. Hizo repaso de lo obvio, que no hay ejército, que es un país pacífico y neutral, que hay muchos parques nacionales. Me preguntó si la Asamblea Legislativa todavía estaba compuesta por 57 diputeados y si aún eran electos por lista cerrada. Ese último detalle me sorprendió mucho, así que le pregunté por qué sabía tanta minucia sobre un país tan pequeño y tan lejano. El taxista me contestó que él había sido maestro y director de secundaria. Ingenuamente comenté que debía ser duro trabajar el turno de la noche manejando taxi, pero el me respondió que se había acogido a una jubilación temprana y que ¡era taxista por placer!

Ante mi sorpresa (吃驚 –bikkuri), el taxista me dijo que de niño siempre soñó con ser taxista, pero que sus papás –quienes también habían sido maestros– lo habían empujado a estudiar y tener una profesión intelectual. Sin embargo, él nunca perdió el gusanillo y por eso se jubiló tan pronto como su hija menor se graduó de la universidad. Según su relato, le dijo a su esposa que se iba de Tokio a algún lugar cerca de las montañas a manejar un taxi, que le agradecería mucho su apoyo y su compañía, pero que él cumpliría sus sueños independientemente de lo que ella pensara.

También me dijo que él prefería trabajar por la noche porque, aparte de que hay menos tránsito y hace menos calor, los clientes nocturnos suelen ser más conversadores. Ante mi pregunta, me dijo que incluso los japoneses son clientes parlanchines cuando viajan por la noche en la compañía de un taxista y las estrellas.

Conforme viajábamos, yo no podía dejar de mirar la maría y de preocuparme por la posibilidad de que quizás yo no había entendido bien alguna cosa y me podría haber embarcado en un oneroso viaje. En algún momento le pregunté al taxista que problema hubo cuando llegó por primera vez a la estación. Me contestó que el jefe de la estación lo regañó porque andaba mal presentado, había olvidado la gorra de su uniforme. A mí me hizo gracia, pero él muy seriamente me dijo que el jefe de la estación tenía razón, la buena presentación es una cosa sagrada en el trabajo.

Cuando por fin llegamos a casa, el taxista oprimió un botón de la maría para imprimir un recibo. Apenas me lo dio me ha de haber visto cara de espanto, pues riéndose me dijo que solo lo tenía que firmar para confirmar que habíamos llegado y que la empresa del tren pagaría. La tarifa por ese viaje había llegado a poco más de ¥30.000 (unos ₡187.925,80). Yo le pregunté al chofer si no habría sido más barato para la empresa ferroviaria conseguirme una habitación en algún hotel cercano a la estación de tren desde donde tomé el taxi. El me dijo que por ser temporada baja se podían conseguir habitaciones por ¥7.000, incluso en un Ryokan (旅館 –hotel tradicional japonés), pero que la empresa no lo sugeriría porque sería presumir que puede disponer del tiempo del cliente, a quien probablemente le urge llegar a su destino dado que iba con un horario establecido.

Nos despedimos y el taxi se fue. Yo subí las gradas hacia mi apartamento solo para darme cuenta de que no portaba las llaves de la casa.

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Ayer me comuniqué con una amistad que me contó otra pequeña e interesante historia sobre lo serviciales que son los japoneses.

El sábado mi amiga se dirigía a su casa. El tren que debía tomar estaba suspendido sin una hora prevista para volver a estar en servicio pues un hombre había decidido quitarse la vida utilizando tirándose a la línea férrea cuando venía un tren. (Este método es, hoy por hoy, una de las formas más populares de suicidarse en este país).

Como era el final del día y al siguiente tenía que trabajar, mi amiga no quiso esperar hasta una hora incierta para tomar el tren, así que pidió instrucciones para irse a pie a su casa. Ella emprendió su camino y se llevó la gran sorpresa de que al rato la llamaron por su nombre. Era al asistente de la estación, quien había corrido a buscarla para avisarle que sí habría servicio dentro de diez minutos.

El asistente de la estación fue a buscar a mi amiga pues el se sentía responsable de haberle dicho que no habrían trenes pronto y haber causado que ella optara por una muy larga caminata. Mi amiga, que tiene varios años de vivir aquí, me decía que nunca deja de admirar el abnegado servicio al cliente de los japoneses. Según ella, en su país en África el cliente casi tiene que rogar por lo que está pagando. Parecido a Tiquicia.

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La cultura de servicio al cliente en Japón es quizás la más avanzada del mundo. Y ciertamente es radicalmente distinta de la que impera –si es que existe– en nuestro país.

El fin semana pasado, mi esposa y mi hija salieron de paseo con la mejor amiga de mi hija y su mamá. Tal y como es costumbre en esta sociedad, compraron algún obsequio para familiares y amigos cercanos. El lunes mi esposa iba a enviarle una pequeña bolsa de kinako (黄な粉 –harina de soja) a un familiar, pero se percató de que la fecha de vencimiento del sabor había pasado tres días atrás (en Japón los comestibles traen dos fechas de caducación, una relativa al sabor y otra a la seguridad de consumo del producto).

Mi esposa llamó a la tienda –una pequeña empresa de familia– en donde compró el kinako para preguntar a donde debía enviar la harina para que la cambiaran. Quien le atendió se disculpó por el inconveniente que su empresa le había causado y le indicó que nada más necesitaba saber la fecha y la hora en que compró el producto, información que estaría en el recibo de la caja registradora. Cinco minutos más tarde la tienda devolvió la llamada para agradecer el haber sido notificados del problema, disculpándose nuevamente por el inconveniente. No había necesidad de enviar el producto caduco (eso sería causarle una molestia adicional al cliente); ellos simplemente enviarían un nuevo paquete de kinako por correo.

La harina llegó ayer, como es usual en Japón, acompañada de un pequeño obsequio a manera de disculpa. El Kinako en cuestión solo había costado ¥210 (aproximadamente ₡1.310). El envío del nuevo paquete le costó a la empresa ¥500 (unos ₡3.120), más lo que pudiese valer el obsequio que fue incluido en el envío.

Este pequeño ejemplo de la cultura de servicio al cliente puede parecer trivial, pero ilustra la enorme diferencia que hay entre ambas sociedades. En Tiquicia, tanto en el sector privado como en el público, existe la creencia de que servicio al cliente simplemente es denegarle a éste sus peticiones o reclamos, o incluso imputarle la responsabilidad de los defectos del producto o servicio, siempre y cuando se le hable de manera pausada y con un tuteo simuladamente cortés.

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Hace dos días fuimos a cenar a un restaurante al que ocasionalmente vamos cuando queremos comer algo relativamente bien hecho a un precio razonable. Por ser un lugar con una clientela grande y que pasa prácticamente lleno a todas horas, me sorprendió que la recepcionista nos reconociera y dijera que la mesa que más nos gusta estaría pronto disponible.

A mi esposa también le pareció raro y aunque por un momento pensamos que podrían habernos recordado por ser una familia mixta, lo descartamos pues en ese establecimiento están acostumbrados a ver extranjeros y sus familias japonesas. Luego, al regresar a la casa, nos cayó la peseta que la anfitriona se acordaba de nosotros porque por culpa de nuestra hija una vez se le cayó la máquina que registra los pagos por tarjeta de crédito.

Es una regla universal que los niños pequeños tienen una enorme capacidad para hacer comentarios inoportunos en el peor de los momentos. Mi vástago no es la excepción. Hace no mucho tiempo se las ingenió para crear una de esas situaciones que en cualquier sociedad ponen a todo el mundo incómodo, pero aún más en Japón, en donde la discreción es muy importante.

En este país no es raro que las tiendas y los restaurantes tengan baños unisex. El restaurante de este relato es uno de esos lugares. La última vez que habíamos visitado, hace ya varios meses, mi hija necesitó que la acompañara al baño. Luego de hacer sus necesidades pasamos a que se lavara las manos en el lavatorio que está afuera del baño. Mientras estábamos en eso, oímos cerrarse la puerta corrediza del baño. Mi hija me preguntó si sabía quien había entrado. Yo le respondí que eso no era importante. Ella insistió en que quería saber. Yo le dije que no sabía mientras le terminaba de lavarle y secarle las manos.

Cuando empezamos a caminar para regresar a la mesa, tan pronto estuvo al lado de la puerta del baño mi hija la abrió de par en par y a todo galillo anunció: “papá vea, ¡ese señor está orinando! Yo cerré la puerta inmediatamente y me di cuenta que si bien el ocupante le había puesto llave, no tuvo el cuidado de que el llavín enganchara bien. Estaba empezando a decirle que eso no se hacía, pero antes de poder agarrarle la mano mi hija se devolvió, abrió nuevamente la puerta y otra vez a todo galillo hizo una nueva observación: “¡tiene una pipí chiquitilla!” (おちんちんが小っちゃい! –literalmente: su honorable pene es diminuto!). Le tomé la mano firmemente y apresuradamente me devolví al recinto donde estábamos por comer.

Si bien yo soy un comedor lento, ese día mastiqué aún más despacio de lo normal y hasta pedí postre y café para no toparme al pobre tipo. Pero la ley de Murphy nunca falla. Cuando terminamos de comer nos dirigimos a la caja para pagar. Había una corta fila y ¿quién más podría aparecer detrás mío? Me disculpé discretamente del señor y éste sonrientemente me dijo que no había problema. Su esposa le preguntó si mi hija era la niña que lo vio en el baño y nada más le ofreció un cumplido a la enana. Yo creí que me había preocupado por nada, pero estaba totalmente equivocado…

Mientras esperábamos para pagar, mi hija empezó a decirme que el tipo que estaba detrás mío en la fila era el señor del baño. No le presté atención. Pero ella insistió en que era el señor del pene diminuto. Ya molesto y justo cuando le había entregado mi tarjeta de crédito a la cajera le dije a mi hija que esas cosas no se dicen. Ella me miró con cara de desconcierto y me increpó: “usted me ha dicho que uno no debe decir mentiras, yo no estoy mintiendo, yo lo vi, la tiene chiquitilla. Como la de mis compañeros en el kínder”. Ahí ya no supe que decir y preferí enfocarme en pagar, pero a la cajera se le cayó mi tarjeta, luego se los dedos se le hicieron un nudo y terminó por botar la máquina. Mientras se disculpaba por su torpeza era obvio que ella no sabía hacia donde dirigir la mirada. Cuando por fin pude pagar, preferí no volver a la pobre víctima de los comentarios de la niña, pues ya no había excusa que valiera.

Luego de ese incidente guardamos la distancia de ese restaurante por varios meses, pero tal parece que no nos han olvidado.

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A veces pareciera a que mi vida está inevitablemente ligada a las ancianas/abuelas japonesas. En Japón, a las señoras mayores y a las madres de los progenitores de uno se les dice, por igual y de manera respetuosa y afectiva, “obaasan” (お婆さん: honorable señora abuela/anciana) u obaachan (お祖母ちゃん: honorable señora abuelita/ancianita). Últimamente siempre me sucede algo en lo que tiene que ver una obaachan.

Hace un par de semanas iba para una reunión muy importante en el centro de Tokio. En la dirección opuesta caminaba una obaachan que empezó a preguntar algo a lo que no le presté atención porque pensé que le hablaba a alguien detrás mío. No pensé que me estuviera hablando a mí pues si los japoneses son reservados por naturaleza, lo son aún más con extranjeros que no conocen. Y los adultos mayores son todavía muchísimo más reservados, por lo general prefieren evitar avergonzar al foráneo que tal vez no domina bien el idioma local y también evitarse a sí mismos la potencial vergüenza de hablarle a un extranjero cuyo japonés sea ininteligible para ellos.

En todo caso cuando nos cruzamos la señora me tomó del brazo y con un suave “sumimasen” (disculpe), me preguntó por la ubicación de una tienda. Como no soy del lugar ni del vecindario en donde nos topamos, me disculpé por no saber y le pregunté si tenía algún otro punto de referencia. Ella sacó un papel que tenía un mapa hecho a mano con algunas instrucciones muy vagas sobre como llegar a la casa de otra persona desde la estación Nishi-Ogikubo (西荻窪). Yo le expliqué que estábamos en Ogikubo (荻窪) y que ella debió haber seguido en el tren hasta la estación siguiente. La obaachan me dio las gracias y empezó a caminar, ¡pero en la dirección contraria a su destino! Me le acerqué y le expliqué que lo mejor era que tomara el tren nuevamente y se bajara en la estación correcta. La señora me preguntó si yo iba camino a la estación, yo le dije que sí pero que era una caminata un poco larga (15 minutos a paso firme) y que le recomendaba tomar el bus. Ella mencionó que tenía casi dos horas de estar caminando, lo cual probablemente era cierto en razón del pésimo mapa que le habían dado y porque se trataba de una de esas señoras súper mayores que andan bien de salud pero que, por su misma edad, caminan a 10 metros por hora.

La obaachan me preguntó cual bus debía tomar. Le dije que cualquiera de los que pasan por la parada que estaba a unos metros de donde hablábamos. Ella insistió en saber cual bus iba a la estación. Como me pareció que la señora estaba bien confundida, decidí acompañarla. Luego de subirnos al bus le expliqué que al llegar a la última parada, la estación iba a estar justo el frente.

Cuando llegamos me bajé rápido del bus pues no quería atrasarme. No obstante, cometí el error de volver la vista hacia atrás… Y vi que la señora estaba viendo para todo lado con cara de atónita. En contra de la lógica (debí haberme preocupado por la reunión), me devolví para ver que pasaba con la abuela. Ella me dijo que no podía subir unas gradas tan empinadas para ir al tren. Yo le contesté que esa era la entrada Oeste, que ella tenía que ir a la del costado Sur para para poder usar el ascensor. Y ni modo, me ofrecí a escoltarla hasta el elevador. Eso fue otro error.

Mientras caminábamos, la obaachan me empezó a decir “señor extranjero (外人様), por favor no vaya a creer usted que que sufro de senilidad, simplemente estoy muy vieja, por lo que me canso fácilmente; he estado confundida también porque tengo mucha sed después de la gran caminata que di”. Y antes de que el cerebro controlara mi lengua, ésta ofreció comprarle un té o un jugo a la señora. Entonces cruzamos la calle y entramos a un pequeño local, en donde terminé comprándole un jugo de naranja y un sandwich. Pensé que con eso terminaba mi inesperada labor, pero la abuela me dijo que lo menos que podía hacer ella era aprovechar su merienda para aprender algo de mí y del lugar de donde vengo. Así que me senté con ella y contesté las preguntas de rigor: ¿de donde viene? ¿cómo es su país? ¿le gusta Japón? ¿le caen bien los japoneses? ¿le gusta la comida japonesa? ¿está casado? ¿desde cuando? ¿tiene hijos? Etc.

Cuando la señora terminó su merienda, nos fuimos a la estación. Me iba a despedir de ella en la entrada, pero me di cuenta de que ya no había manera de llegar a tiempo a mi cita. Así que decidí completar mi inesperada función de lazarillo. Escolté a la obaachan hasta la plataforma desde donde debía abordar el tren que le llevaría a su destino. Le expliqué que debía subirse al tren amarillo y bajarse en la primera parada que hiciera. Ella entre risas –no sé si de enojo– me dijo que ella no era senil, que solamente había estado muy cansada, que me agradecía la ayuda y que el karma universal me recompensaría.

Mientras esperábamos el tren, me aproveché de que andaba súper catrineado y le pedí a una muchacha que estaba a la par de nosotros el favor de asegurarse de que la abuela se bajara en la estación correcta. La muchacha me contestó que ella iba justamente a la misma estación que la señora y muy amablemente ofreció esperar con la abuela hasta que alguien llegara a toparla. Cuando por el altavoz anunciaron que venía el tren, me despedí de la señora, quien súbitamente tuvo una enorme proyección de voz para disculparse por las molestias causadas y para expresar su agradecimiento mientras hacía la venia repetidamente y me llamaba “honorable señor forastero” (お外人様: ogaijinsama). Yo sentí que todo los ojos de Tokio me estaban mirando, por lo que insistí en que no fue nada y que no tenía por que darme las gracias. El tren por fin llegó y mi inesperada aventura llegó a su fin.

Apenas el tren la abuela se fue, llamé a la oficina donde tendría la reunión, pues aunque quedaban 15 minutos para la hora fijada, iba llegar 30 minutos tarde. Cuando me preguntaron el por qué de mi atraso, empecé a explicar lo sucedido, pero me di cuenta que del otro lado de la línea imperaba la incredulidad, así que no ahondé en detalles, pues yo probablemente no le creería a otra persona si me lo contara. Mi interlocutora me comunicó su complacencia por lo que yo había hecho, me agradeció la llamada y de paso me recordó que no había otra fecha ni hora disponible para reunirse conmigo, que lo lamentaba mucho y que me deseaba mucha suerte y felicidad (en tico: ¡váyase pal carajo con esas jetonadas, hijuep…!). Supongo que ese es el karma universal en acción.

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