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Hace unos días tuve una reunión con el encargado de una institución pública. Llevábamos varios días tratando de buscar una fecha que fuera mutuamente conveniente, especialmente porque él quería conocer a mi familia.

Cuando llegamos a la estación de su oficina, el señor no había llegado, algo totalmente inusual en un japonés. Pensé que tal vez tuvo un asunto urgente, pero en ese caso me habría llamado para cancelar la reunión, para avisarme de su demora o para informarme que alguien de su oficina nos toparía. No obstante, en ese momento me acordé que el lugar donde quedamos por vernos había sido cambiado por la estación que está cerca de su oficina.  Ese cambio significó que habíamos llegado unos diez minutos antes de la hora inicialmente acordada y que quizás fue mi error no haberle señalado que íbamos a llegar ligeramente antes.

Pasaron los diez minutos de rigor y el señor no apareció.  Igual pensé que podría haber algo urgente, pero después de cinco minutos me preocupé de que tal vez yo no leí bien su correo y que había llegado el día equivocado a la hora equivocada. Debido a la demora, mi esposa me preguntó, con tono serio (entiéndase amenazante), si yo me había equivocado sobre los particulares de la reunión. Decidí que era mejor esquivar olímpicamente la inquisición, por lo que rápidamente le dije que tenía que llamar para averiguar que había pasado.

Justo cuando iba a marcar, me entró una llamada del señor en cuestión, quién me preguntó donde estaba.  Lo primero que supuse fue que yo me había bajado en la estación equivocada, por lo que me disculpé diciendo que yo había entendido que habíamos hecho ese cambio.  Pero fue el quien se tuvo que disculpar, porque el pensó que nos íbamos a reunir al día siguiente por la mañana y fue su secretaria quien le puso en autos de que había un conflicto entre su agenda y la cita que fijó por correo. En todo caso, me dijo que me esperara un poco más y el vendría por nosotros.

Unos días antes de la reunión, el señor me había llamado para preguntarme si yo podía ir a su oficina el jueves o viernes, pues la próxima semana hay varios feriados y habría que posponer la reunión por mucho tiempo.  Yo le respondí que cualquiera de esas fechas estaba bien para mí, pero que tenía que averiguar como estaban los horarios de mi esposa e hija.  El señor me dijo que, de ser posible, él realmente prefería reunirse el jueves en la mañana, para aprovechar el día, almorzar con calma, tocar varios temas que debíamos tratar.

Cuando hablé con la ley y el orden, ella me dijo que el jueves era una mala idea porque ese día por la mañana ella tenía compromisos ya establecidos y mi hija tenía clases de natación en el kínder. Yo le expliqué que el señor tenía una clara preferencia por el viernes y dada su importancia, había que ser deferentes con él. A regañadientes, mi esposa estuvo de acuerdo en que fuéramos el jueves por la tarde, pero me aclaró que no podríamos quedarnos mucho tiempo pues había que viajar 90 minutos en tren y debíamos  llegar a una hora razonable a la casa porque el día siguiente era un día lectivo.

Le escribí al señor en cuestión para decirle que a nosotros realmente nos convenía más viernes, pero que si el realmente prefería pues podíamos llegar el jueves a media tarde. Él me envió un escueto mensaje indicando que nos esperaba el jueves, por lo que yo solamente le respondí que sería un gusto verlo ese día. Cuando por fin apareció, nos subimos inmediatamente a un vehículo de su institución.  En el transcurso del trayecto, me disculpé nuevamente por el mal entendido, luego siguió mi esposa con el ritual de las disculpas, pidiéndole perdón porque indudablemente yo tuve que haber entendido mal lo que él escribió.

Cuando llegamos a su institución, muy amablemente nos ofreció un tour. Fue una manera discreta hacer su trabajo, porque conforme íbamos visitando oficinas él aprovechaba para disparar rápidamente algunas órdenes. Luego, en su despacho, hablamos de lo más urgente que teníamos en agenda. El presidente de la institución no pudo evitar recibir a dos subalternos suyos que tenían situaciones que requerían una decisión ese día, pues así estaba programado.  Él los atendió rápidamente y de feria los sentó a hablar con nosotros.  Tuvimos una muy amena conversación con esas personas, quienes inmediatamente supieron, sin que su jefe se los tuviera que decir, que tenían que “entretener” a los visitantes, sobre todo porque ellos estaban en autos de que su jefe había cometido un error.  Tenían que ayudarle a guardar cara sin que pareciera que lo estaban haciendo. Y lo hicieron muy bien, porque el hombre desapareció por algunos minutos sin que nos diéramos cuenta.

Cuando el hombre regresó, mi esposa aprovechó para disculparse nuevamente por los problemas que le estábamos causando.  Él traía en su mano una hoja impresa con los correos que intercambiamos. En ese momento tuve la más plena certeza de que unos días después en La Extra saldría el titular “Tico es despellejado por la doña en Japón”. Pero me equivoqué.  Él se había equivocado y simplemente traía el papel porque, en una sociedad jerárquica como esta, mi esposa y yo debíamos presumir mi equivocación mientras no hubiese pruebas en sentido contrario.

Al final de cuentas tuvimos una buena y productiva reunión y quedamos de vernos nuevamente, con mejor coordinación. Y quedó claro que realmente existen reglas universales.  Una de ellas es que entre más puestos sube una persona, más debe asegurarse de nunca hacer planes sin hablar con su secretaria.

Anteayer los niños del kínder en el que “estudia” mi hija andaban visitando las casas de los vecindarios cercanos a su centro de estudio. Andaban entregando tarjetas de agradecimiento, que ellos mismos confeccionaron, en las casas que una semana antes les habían dado agua, frutas o dinero en ocasión de un festival local dedicado a las deidades del Hakusan Jinja (白山神社:santuario del Monte Blanco), una de las montañas sagradas más famosas en Japón.

Durante los festivales de origen sintoísta, es usual que la deidad local (神、kami) sea ritualmente ubicada en un altar portátil (御神輿、omikoshi), el cual es transportado por los vecindarios que le rinden culto al santuario y al deidad en cuestión. En el lugar en que vivimos, es común que los niños del kínder hagan su propio santuario con materiales que deben ser reciclados. Y cada infante pone un kami de su escogencia en altar. Conforme van paseando su altar por los vecindarios, la gente sale y les da agua, alguna fruta, o dinero.

Niños portan su omikoshi.

Niños portan su omikoshi.

El día anterior a la procesión del altar de los niños, hubo una “de verdad” en la que transportaban a la deidad local al santuario, cruzando un río con el altar al hombro para obtener el beneficio de ser purificados por el agua. Cuando pasaron iban a pasar por el complejo de apartamentos en donde vivimos, se percataron que alguien había dejado la ropa tendida y detuvieron la procesión para decidir que hacían.

Yo había escuchado que, en las zonas rurales y en vecindarios muy viejos de las ciudades, al no haber edificios muy altos, la gente de la procesión siempre porta escaleras para subirse y quitar cualquier ropa tendida que esté visible en el trayecto de la procesión. Esto es así porque la ropa no debe estar ni a la misma altura ni más alto que la deidad o espíritu que viaja en el altar. Yo creí que era un cuento de esos que se inventan para que la gente acate ciertas normas de conducta. De hecho, el año pasado me había reído cuando mi esposa, luego de ver el calendario en el que había anotado no tender ropa afuera, salió despavorida a meter la ropa que tenía afuera. Yo le dije que eso era un cuento, que no creía que alguien se tomara la molestia de andar en procesión con un par de escaleras al hombro.

Este año supe, que no se trata de una leyenda urbana. Como ya lo mencioné, la procesión que pasó hace unos días por casa se detuvo cuando vieron que un apartamento del segundo piso tenía la ropa tendida. La gente empezó a indagar quien vivía allí. Se supo que eran unos extranjeros –no fui yo– los que habían dejado sus vestimentas y, horror de horrores, su ropa interior colgando.

Omikoshi en Kichijoji (Tokio).  Foto: Sean Wilson, 2005.

Omikoshi en Kichijoji (Tokio). Foto: Sean Wilson, 2005.

Los encargados de las escaleras y de destender ropa –que en la Costa Rica de hoy, obsesionada como está con los eufemismos, indudablemente serían llamados “ejecutivos de administración de escaleras y consultores en bajamiento de ropas– dudaron sobre que hacer. Así que la decisión recayó en el más viejo de los viejos. El hombre sin trepidar les recordó que el anuncio del festival y su ruta había sido anunciado con antelación y que obviamente los residentes de ese apartamento no tuvieron interés en averiguar sobre por qué fue enviado el aviso. Y sin ton ni son dio la orden de que se subieran a descolgar la ropa que causó la parálisis de la procesión. Lastimosamente no estaba en casa para ver la cara de mis vecinos cuando regresaron y no vieron sus prendas colgando, solo para encontrarlas misteriosamente acomodadas en un canasto.

[Nippon Tico | 日本ティコ | Nipóntico ahora sabe a pescado]

Me enterado que La Nación ha puesto un enlace a breve video japonés sobre como alistar un niño para ir a la escuela en cinco minutos. Eso incluye la levantada, el desayuno, lavada de dientes y cara y empaque de almuerzo. Aunque el video en cuestión es de un programa de comedia, refleja algo que se ve mucho en la televisión japonesa, tanto en programas serios y en los que no lo son, como hacer tareas ordinarias y cotidianas más eficientes.

Lo primero que la gente que vea el video dirá probablemente será que el niño no se bañó. Eso se debe a que los japoneses tienen la costumbre de bañarse en la noche antes de dormir. Las razones de ello varían de las prácticas a las religiosas. En un sentido meramente práctico, uno nunca sabe que le va a deparar el nuevo día, así que debe estar listo para lo que venga. El aspecto religioso se deriva tanto de las creencias shintoístas como del budismo mayahana de Japón. La limpieza es sumamente importante y es mejor bañarse al regresar a la casa para no traer las impurezas de la calle y por aquello de que uno no se despierte nunca más. El baño nocturno es también importante porque, sobre todo cuando los niños están pequeños (antes de la pubertad), es común que la familia se bañe junta si el tamaño de la tina lo permite.

Volviendo al tema, los japoneses siempre buscan maneras más eficientes de hacer las cosas. Y todo empieza en la casa y a edades tempranas. En los años cincuentas, cuando hubo una gran expansión de construcción de viviendas por parte del gobierno, hubo un momento en que se diseñó la cocina de manera distinta a como tradicionalmente estaba organizada. Los diseñadores le presentaron su idea a una cocinera muy famosa de la época, a quien le desagradó mucho el concepto que le expusieron. ¿Qué se hizo? Pues construyeron varios apartamentos con el diseño tradicional que sugería la chef y otros con la propuesta de los ingenieros y diseñadores. Ubicaron a familias y midieron el tiempo y los pasos que debía dar la madre para preparar las comidas, especialmente por la mañana. Descubrieron que efectivamente el nuevo diseño era mejor pues las madres daban menos pasos y gastaban menos tiempo en preparar el desayuno y en alistar los almuerzos de quienes salían. La chef quedó satisfecha y apoyó con gran entusiasmo una campaña para que la gente acogiera la nueva manera de hacer las cosas.

El sentido del orden también se aprende desde temprano. Y a veces es tan sutil que uno no lo nota hasta que alguna situación lo hace percatarse de ello. Durante nuestra última estadía en Costa Rica, un día que andábamos en Multiplaza, mi hija, que entonces tenía cuatro años recién cumplidos, vio el área de juegos infantiles y quiso usarlos. Mientras estábamos allí fueron llegando más niños. Ella siempre hacía fila, mientras que los demás se empujaban y apretujaban para subirse al tobogán, por lo que muchas veces perdía su turno. Ella me buscó varias veces para preguntarme por qué los otros niños eran tan descorteses y no hacían fila como ella. Cómo no tenía una respuesta rápida y fácil, le respondía que no se preocupara que disfrutara y que se subiera cuando pudiese.

Eventualmente apareció un güila más grande que mi hija y que los demás niños pequeños, quien se dedicó a aprovecharse de lo juegos e incluso a estorbarle a los más pequeños, retándolos a hacerlo un lado. Mi hija vino frustrada hacia mi, ya con una lágrima en el ojo, preguntando por qué ese niño grande se portaba tan mal, incluso al frente de su papá y por qué éste no hacía nada. Yo le tuve que decir que algunos padres no pueden enseñar modales porque no los tienen y que no era culpa del niño no saber portarse bien. El papá, que alcanzó a escucharme –esa fue mi intención– vino a hacia a mí para decirme que él formaba parte de los “nuevos ticos”, esos que entienden –según él– que vivimos en la era de la globalización y que hay que enseñarle a los niños en este mundo sobrevive el más fuerte. Yo le respondí que sobrevivirán los más inteligentes y educados, no necesariamente los bravucones y vivazos. El hombre, envalentonado, sacó lo mejor de su repertorio cervantino: «¡hijueputa! no juegue de vivo porque le rompo el hocico aquí mismo, aunque esté con su carajilla». Me aprestaba a decirle que tener el hocico roto no era mi prioridad durante mis vacaciones, pero en eso intervinieron varias señoras, quienes no solo le reclamaron por mal educado en la presencia de niños, sino que le recalcaron yo le había hablado con respeto. El tipo espetó un «viejas metiches» y se marchó.

Luego de darles las gracias por su apoyo, me di cuenta de que las señoras habían empezado a enfatizarles a sus hijos e hijas que debían hacer fila, a veces con éxito, a veces no tanto. En todo caso, el resultado fue que mi hija pudo jugar un rato con tranquilidad y que luego pudimos hablar sobre la importancia de defenderse con la cabeza y con respeto.

Anoche fue una de esas noches en que uno no duerme bien por causas ajenas a uno. Yo estaba trabajando en un documento cuando alrededor de las dos de la madrugada mi hija se levantó para decirme que durmiera a su lado. Tal vez tuvo una pesadilla porque se acurrucó como si fuera una estampilla, sujetando mi mano con la suya y poniendo una pierna sobre mi.

Cada vez que creía que estaba dormida, me corría un poco, pero ella inmediatamente se movía también. Así que terminé todo apretujado entre ella, sus peluches y la pared. Me costó dormirme, pero al fin de cuentas logré conciliar un liviano sueño que pronto sería interrumpido.

Me desperté cuando escuché el timbre de algún apartamento vecino, luego el de otro. Después sonó el del apartamento del lado y por último del nuestro. No me levanté pues no quería despertar a la niña y porque supuse que si se trataba de alguna emergencia la persona del otro lado de la puerta volvería a timbrar y hablaría en voz alta. Por un instante pensé que podía ser la policía, pero rápidamente lo descarté porque en caso de una emergencia habrían llegado con la sirena encendida y primero habrían dado un aviso por altoparlante. Luego pensé que probablemente algún cristiano incuerdo había tomado la mala decisión de hacer propaganda en una hora en la que podría arrinconar a sus víctimas sin que éstas pudiesen quitarse el tiro con cortesía aduciendo que estaban por salir.

Mientras hacía cábalas sobre quien podría estar tocando todos los timbres en plena madrugada, pude escuchar ruidos similares a los de un sistema de radio y una voz que susurraba. Entonces decidí ver como me zafaba del candado en el que me tenía atrapado mi hija sin despertarla. Pero antes de lograr moverme mi esposa se levantó como un rayo y fue a abrir la puerta. Apenas alcancé a oír que hablaba con otra mujer, pero por la voz baja de de ambas, no logré saber sobre que conversaron; únicamente pude escuchar que la tocadora de timbres se disculpó cortésmente por habernos molestado a deshoras y que mi esposa le dijo que no se preocupara (aunque en mis adentros estaba seguro que la doña probablemente la quería descabezar). En ese momento concluí que seguramente si se trató de alguna hermana separada, pues sus congéneres tienen cierta reputación de brincarse, en razón de su procacidad proselitista, las normas de cortesía japonesas.

Mi hija se despertó por el ruido y pidió que la llevara al baño. Cuando la alcé preguntó por la ubicación de su mamá. Cuando llevaba a mi hija al baño vi que mi esposa estaba frente a la ventana que da al estacionamiento y con vista al resto de edificaciones del lugar en que vivimos, en franca pose de ninja asesina. Luego de de que mi hija terminó sus necesidades, fuimos a ver que vigilaba la ninja de la casa y preguntarle que había pasado. La doña, que bufaba en silencio, me dijo que ella había pensado en no levantarse, pero que lo hizo por si acaso era la policía con algún aviso urgente. Cuando abrió la puerta se encontró con una trabajadora del sexo, de lo que aquí llaman “deriheru” (デリヘル), una contracción “deribariiherusu” (デリバリーヘルス, o “salud a domicilio”). La trabajadora tenía que ir al apartamento 201, pero no sabía que en cada uno de los cuatro edificios hay un 201A y un 201B; es decir, ocho apartamentos posibles.

Mi esposa estaba furiosa no solo por la despertada, sino porque a la joven trabajadora no le dio el maní para comunicarse primero con su oficina y verificar cual apartamento era el de su cliente. También le pareció que no era una empresa seria, pues no se cuidaron de que su empleada no fuese una molestia para otras personas. Le pregunté por qué seguía en guardia y con mirada quemante me dijo que quería saber quien era el tonto irresponsable que contrató un servicio sin dar los suficientes detalles para evitarles molestias a los demás. Yo le dije que el cliente no iba a ser tan baboso de echarse solo al agua, pero a los tres minutos el vecino del lado salió apresuradamente, se subió a su carro y desapareció por unos diez minutos.

Cuando el vecino regresó, subió las gradas quejándose de su mala suerte. Lo más probable es que haya tenido que pagar el servicio que no pudo consumir (y consumar).

La historia de mi amiga a la que me referí en el artículo anterior me hizo recordar que el año pasado, por una fortísima tormenta eléctrica –hasta un rayo cayó en la estación donde estaba– los trenes habían sido suspendidos por un par de horas. Cuando por fin anunciaron que el servicio se reanudaba, por el altavoz dijeron algo pertinente para los que íbamos hacia las estaciones finales de esa línea, pero no logré entender en parte por el cansancio, en parte por las deficiencias de mi japonés y otro tanto que no sabría si atribuirlo a que el hablante no sabía usar bien el micrófono o que el parlante sonaba como una chicharra vieja.

Recuerdo que me subí al tren y puse la alarma de mi teléfono para que vibrara cuando faltaran unos diez minutos para llegar a la última estación de la línea, pues tenía que tomar otro tren desde allí. Me dormí felizmente, pero a los pocos minutos otro pasajero me despertó para avisarme que ya habíamos llegado. Medio aturdido le dije que yo iba hasta hasta la última estación, pero el señor me aclaró que esa era la última parada de ese tren, pues no podía continuar debido a posibles árboles caídos en el trayecto. Me dijo que habían avisado por los parlantes que afuera nos esperarían autobuses que nos llevarían a las estaciones que faltaban en el trayecto. De camino al estacionamiento el señor me preguntó cual era mi destino y luego de escuchar mi respuesta me indicó que, al igual que él, debía tomar el bus número cinco, el cual iba para las últimas tres estaciones de la línea.

Después de lo que pareció una eternidad, al filo de la media noche el bus llegó a la estación en la que horas antes debí haber tomado otro tren. Los tres pasajeros que quedábamos nos bajamos y allí nos esperaban dos funcionarios de la compañía del tren. Yo les pregunté que me recomendaban hacer pues ya no había más trenes hacia mi destino. Ellos me indicaron que sabían cual era mi destino y que me iban a llamar un taxi. A pesar de mi experiencia en Japón, como tico no dejó de pasarme por la mente que yo no iba a pagar la fortuna que pudiese costar el viaje en taxi, así que haciendo el tonto mencioné que era muy tarde y pregunté por algún hotel que no fuera muy caro. El funcionario de la estación me dijo que no me preocupara, que a esa hora el viaje en taxi no sería muy largo.

Tres minutos más tarde, cuando llegó el taxi, el jefe de la estación habló con el taxista. Aunque no estaba lo suficientemente cerca para escuchar, vi que regañó al taxista por algo. El taxi se dio vuelta y se fue. El señor de la estación vino apresurado a pedir perdón por el contratiempo adicional, informándome que había sido necesario que el taxi regresara a su base pues había un pequeño problema sobre el que no elaboró.

El taxi apareció nuevamente, así que el jefe de la estación y su asistente se disculparon profusamente por hacerme esperar y porque su empresa no había hecho un buen manejo de las contingencias. Cuando me subí al taxi, el chofer me saludó cortésmente y se aseguró de confirmar cual era mi destino. Me preocupé un poco cuando vi que encendió la maría, pero no dije nada, estaba muy cansado por discutir en japonés.

El taxista era un señor mayor quien resultó ser bien simpático y hablantín. Cuando me preguntó de donde era, le contesté que de Costa Rica, un país pequeño en Centroamérica. Él inmediatamente tomó el hilo y dijo que el sabía algunas cosas de nuestro país. Hizo repaso de lo obvio, que no hay ejército, que es un país pacífico y neutral, que hay muchos parques nacionales. Me preguntó si la Asamblea Legislativa todavía estaba compuesta por 57 diputeados y si aún eran electos por lista cerrada. Ese último detalle me sorprendió mucho, así que le pregunté por qué sabía tanta minucia sobre un país tan pequeño y tan lejano. El taxista me contestó que él había sido maestro y director de secundaria. Ingenuamente comenté que debía ser duro trabajar el turno de la noche manejando taxi, pero el me respondió que se había acogido a una jubilación temprana y que ¡era taxista por placer!

Ante mi sorpresa (吃驚 –bikkuri), el taxista me dijo que de niño siempre soñó con ser taxista, pero que sus papás –quienes también habían sido maestros– lo habían empujado a estudiar y tener una profesión intelectual. Sin embargo, él nunca perdió el gusanillo y por eso se jubiló tan pronto como su hija menor se graduó de la universidad. Según su relato, le dijo a su esposa que se iba de Tokio a algún lugar cerca de las montañas a manejar un taxi, que le agradecería mucho su apoyo y su compañía, pero que él cumpliría sus sueños independientemente de lo que ella pensara.

También me dijo que él prefería trabajar por la noche porque, aparte de que hay menos tránsito y hace menos calor, los clientes nocturnos suelen ser más conversadores. Ante mi pregunta, me dijo que incluso los japoneses son clientes parlanchines cuando viajan por la noche en la compañía de un taxista y las estrellas.

Conforme viajábamos, yo no podía dejar de mirar la maría y de preocuparme por la posibilidad de que quizás yo no había entendido bien alguna cosa y me podría haber embarcado en un oneroso viaje. En algún momento le pregunté al taxista que problema hubo cuando llegó por primera vez a la estación. Me contestó que el jefe de la estación lo regañó porque andaba mal presentado, había olvidado la gorra de su uniforme. A mí me hizo gracia, pero él muy seriamente me dijo que el jefe de la estación tenía razón, la buena presentación es una cosa sagrada en el trabajo.

Cuando por fin llegamos a casa, el taxista oprimió un botón de la maría para imprimir un recibo. Apenas me lo dio me ha de haber visto cara de espanto, pues riéndose me dijo que solo lo tenía que firmar para confirmar que habíamos llegado y que la empresa del tren pagaría. La tarifa por ese viaje había llegado a poco más de ¥30.000 (unos ₡187.925,80). Yo le pregunté al chofer si no habría sido más barato para la empresa ferroviaria conseguirme una habitación en algún hotel cercano a la estación de tren desde donde tomé el taxi. El me dijo que por ser temporada baja se podían conseguir habitaciones por ¥7.000, incluso en un Ryokan (旅館 –hotel tradicional japonés), pero que la empresa no lo sugeriría porque sería presumir que puede disponer del tiempo del cliente, a quien probablemente le urge llegar a su destino dado que iba con un horario establecido.

Nos despedimos y el taxi se fue. Yo subí las gradas hacia mi apartamento solo para darme cuenta de que no portaba las llaves de la casa.

Ayer me comuniqué con una amistad que me contó otra pequeña e interesante historia sobre lo serviciales que son los japoneses.

El sábado mi amiga se dirigía a su casa. El tren que debía tomar estaba suspendido sin una hora prevista para volver a estar en servicio pues un hombre había decidido quitarse la vida utilizando tirándose a la línea férrea cuando venía un tren. (Este método es, hoy por hoy, una de las formas más populares de suicidarse en este país).

Como era el final del día y al siguiente tenía que trabajar, mi amiga no quiso esperar hasta una hora incierta para tomar el tren, así que pidió instrucciones para irse a pie a su casa. Ella emprendió su camino y se llevó la gran sorpresa de que al rato la llamaron por su nombre. Era al asistente de la estación, quien había corrido a buscarla para avisarle que sí habría servicio dentro de diez minutos.

El asistente de la estación fue a buscar a mi amiga pues el se sentía responsable de haberle dicho que no habrían trenes pronto y haber causado que ella optara por una muy larga caminata. Mi amiga, que tiene varios años de vivir aquí, me decía que nunca deja de admirar el abnegado servicio al cliente de los japoneses. Según ella, en su país en África el cliente casi tiene que rogar por lo que está pagando. Parecido a Tiquicia.

La cultura de servicio al cliente en Japón es quizás la más avanzada del mundo. Y ciertamente es radicalmente distinta de la que impera –si es que existe– en nuestro país.

El fin semana pasado, mi esposa y mi hija salieron de paseo con la mejor amiga de mi hija y su mamá. Tal y como es costumbre en esta sociedad, compraron algún obsequio para familiares y amigos cercanos. El lunes mi esposa iba a enviarle una pequeña bolsa de kinako (黄な粉 –harina de soja) a un familiar, pero se percató de que la fecha de vencimiento del sabor había pasado tres días atrás (en Japón los comestibles traen dos fechas de caducación, una relativa al sabor y otra a la seguridad de consumo del producto).

Mi esposa llamó a la tienda –una pequeña empresa de familia– en donde compró el kinako para preguntar a donde debía enviar la harina para que la cambiaran. Quien le atendió se disculpó por el inconveniente que su empresa le había causado y le indicó que nada más necesitaba saber la fecha y la hora en que compró el producto, información que estaría en el recibo de la caja registradora. Cinco minutos más tarde la tienda devolvió la llamada para agradecer el haber sido notificados del problema, disculpándose nuevamente por el inconveniente. No había necesidad de enviar el producto caduco (eso sería causarle una molestia adicional al cliente); ellos simplemente enviarían un nuevo paquete de kinako por correo.

La harina llegó ayer, como es usual en Japón, acompañada de un pequeño obsequio a manera de disculpa. El Kinako en cuestión solo había costado ¥210 (aproximadamente ₡1.310). El envío del nuevo paquete le costó a la empresa ¥500 (unos ₡3.120), más lo que pudiese valer el obsequio que fue incluido en el envío.

Este pequeño ejemplo de la cultura de servicio al cliente puede parecer trivial, pero ilustra la enorme diferencia que hay entre ambas sociedades. En Tiquicia, tanto en el sector privado como en el público, existe la creencia de que servicio al cliente simplemente es denegarle a éste sus peticiones o reclamos, o incluso imputarle la responsabilidad de los defectos del producto o servicio, siempre y cuando se le hable de manera pausada y con un tuteo simuladamente cortés.

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